Apalache: Juego de Pelota

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El nombre indígena para el juego no se ha conservado. Los españoles lo llamaron "Juego de Pelota". Además de un deporte era un acto de culto para apaciguar las deificadas fuerzas de la naturaleza, seguían elaborados rituales para preparar el campo y los elementos para el juego; los tantos obtenidos se dedicaban a Nicoguadca, el dios del trueno.

Poste exhibido en la Misión San Luis de Talimali.

En el centro de la plaza se colocaba un poste alto rematado por un triángulo que simulaba un pino o un nido, sobre él un águila y algunas conchas de caracol. El juego consistía en golpearlo con una pequeña pelota de arcilla endurecida, cubierta con piel de venado. Pegar con la pelota en el poste significaba un punto, en el triángulo, dos puntos, el equipo que obtenía primero once puntos resultaba ganador. Los espectadores apostaban fuertemente. Juegos similares se reportaron entre sus vecinos Timucua y entre los Coosa de Alabama.

Cada equipo estaba formado por entre 40 y 50 hombres, los mejores jugadores eran apreciados y recibían todo tipo de prebendas de su pueblo para mantenerlos en sus equipos.

Dibujo del poste en el manuscrito del padre Paiva.

Eran un juego de verano. Después que se establecieron las misiones españolas, se desarrollaban los domingos por la tarde, desde el mediodía hasta el anochecer.

Tenía pocas reglas y era muy violento, los jugadores podían sufrir graves lesiones e incluso morir.

El padre franciscano español Juan de Paiva llegó a La Florida en 1662, trabajó en la Misión San Luis de Talimali en la actual Tallahassee, en 1676 describió el juego en un manuscrito. Así relataba las acciones del juego: "Y caen uno encima del otro con todas sus fuerzas. Y los últimos en llegar suben sobre todos sus cuerpos, usándolos como escalera. Y, para entrar, ellos les pisan las caras, las cabezas o las barrigas cuando los encuentran, sin fijarse en ellos y tirando patadas sin preocuparse que sea a la cara o al cuerpo, mientras en otras partes aun otros se tiran de brazos o piernas sin preocuparse si se dislocan o no". Cuando se deshacía la montonera, se encontraban "cuatro o cinco aplanados como el atún", y a otros les faltaba el aire "porque aunque algunos estaban acostumbrados a tragar la pelota, los hacían vomitarla apretándoles la tráquea o pateándoles el estómago. Allá estaban otros con un brazo o una pierna rota”.

En 1676 Paiva dispuso abolir el juego que había presenciado durante catorce años, al parecer por las animosidades que por causas del juego habían surgido entre las villas. Argumentó que el juego era bárbaro, repleto de idolatría y supersticiones, y peligroso tanto para el bienestar espiritual como para el corporal de loe nativos.

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