Diego de Nicuesa

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Diego de Nicuesa

España

1477 - 1511

Nació en 1477 en Baeza, Andalucía, de la nobleza española cercana a la corte, solicitó al mismo tiempo que Alonso de Ojeda la gobernación de una parte de la Tierra Firme.

Se le otorgó la región de Veragua, Castilla de Oro, entre el Golfo de Gracias a Dios y el de Urabá, es decir las actuales costas de Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

Gastó toda su fortuna en fletar una armada sin reparar en gastos, con el boato propio de un hidalgo español. Cuando se encontraron en La Española con la de Ojeda, el lujo y ostentación de la de Nicuesa provocó las primeras desavenencias.

Ojeda partió primero, Nicuesa se ocupó de vender a buen precio una partida de indígenas que había capturado en la isla de Santa Cruz.

Nicuesa era un fanfarrón, tenía una servidumbre ostentosa y derramaba el dinero a manos llenas, que pronto comenzó a faltarle para completar los aprestos de la expedición, endeudándose.

Cuando la armada estaba lista para ponerse en marcha, los acreedores no le dejaban partir si no les abonaba antes. Entonces Nicuesa ordenó la expedición sin su presencia, concediendo el mando provisional a Lope de Olano, hombre de mal carácter y pérfido, conocido en La Española por sus malos procedimientos con Colón.

Pensaba escaparse, embarcarse en una carabela y alcanzar a su armada. Descubierto fue apresado con su vestido de viaje. Le pedían 500 ducados de oro, cuantas personas conocía y tenían recursos ya le habían prestado, y no confiaban en sus promesas. Iba a renunciar a su carrera de descubridor, cuando un Notario Público, compadecido de un caballero tan gallardo; fue a su casa y trajo el dinero necesario, salvando a Nicuesa con una generosidad inverosímil.

Nicuesa, hondamente agradecido y por extremo sorprendido, se apresuró a abrazar a su salvador, y sin aguardar a que se presentaran otros acreedores, se embarcó a toda prisa para ir a alcanzar a su flota.

Nicuesa, como Ojeda, se dirigió en primer lugar a Calamar (Cartagena), y allí llegó al tiempo que Ojeda, derrotado por los naturales, se lamentaba de la muerte del noble vizcaíno Juan de la Cosa y de no poder vengar su muerte por falta de suficiente fuerza.

Salieron los compañeros de Ojeda a recibir a don Diego y a suplicarle que no se aprovechase de la triste situación de su rival para vengarse de sus anteriores desavenencias. Nicuesa, exclamó: "Id a vuestro Capitán y traedmele aquí vivo o muerto, y juro que no sólo olvidaré lo pasado, sino que le ayudaré en lo que se le ofrezca, como si fuese mi hermano."

Ojeda corrió a abrazar a Nicuesa, quien le dijo entonces : "Ved aquí a vuestro hermano ; yo y los míos estamos a vuestras órdenes; podéis mandarnos en lo que gustéis, y con placer iremos a vengar la muerte del Piloto y de los demás".

Inmediatamente el futuro gobernador de Castilla de Oro escogió, entre los setecientos hombres que llevaba, los más valientes y esforzados, y con Ojeda atacó, incendió, y deshizo a los indígenas de Turbaco; tocándole del botín encontrado entre los naturales cerca de cuarenta mil pesos de oro.

Despidiéronse para siempre los dos antiguos rivales, haciéndose mutuamente mil protestas de amistad, que jamás tuvieron ocasión de cumplir, y continuando Nicuesa su viaje, se dirigió, una vez pasado el golfo de Urabá, a las costas del Darién, buscando un puerto seguro donde poblar. Como las embarcaciones grandes que llevaba no podían acercarse lo suficiente a la orilla, mandó que el cuerpo de la escuadra aguardase sus órdenes en alta mar, y que dos bergantines al mando de Lope de Olano, permanecieran a la vista, mientras que él costeaba en una carabela pequeña.

En una furiosa tempestad, perdió de vista los bergantines al comando de Olano, y el viento lo llevó más allá de la laguna de Chiriqui, temiendo que hubiera naufragado la escuadra, determinó bajar otra vez hacia el Sur hasta encontrarse con alguna de sus embarcaciones que les diera noticias de las demás.

Entró con su carabela en un río que parecía caudaloso, naufragó, el litoral era árido y desierto, había salvado una pequeña embarcación, pero perdido sus armas, y estaba expuesto a los nativos, la situación no podía ser más angustiosa. Nicuesa tenía la esperanza que alguna de las embarcaciones los estuviera buscando, por lo que caminaban por la playa; aunque lo atormentaba lo que le habían dicho acerca del carácter pérfido de Lope de Olano, no sería raro que estuviere trabajando por su cuenta.

Transcurrían los días, menguaba la esperanza de socorro, y crecían el hambre, la desnudez y el peligro. Se mantenían con algas marinas y mariscos que encontraban en las playas, cuando pasaban cerca de zonas boscosas, no se atrevían a internarse en ellos para buscar raíces y frutas.

Con la pequeña embarcación pasaban las desembocaduras de los ríos que les cerraban el paso, una tarde en lugar de arribar a la playa opuesta de la tierra firme, fatigados decidieron descansar en una isla desierta a mitad del camino, aunque no tenían agua potable, continuarían en la embarcación al día siguiente; cuando despertaron la nave y los cuatro marineros que la guiaban había desaparecido.

Desesperados intentaron construir una balsa para pasar a tierra, pero no tenían experiencia, cada balsa que echaban al agua la perdían. En pocos días el hambre y la sed los devoraba. Todas las mañanas Nicuesa hallaba el cadáver de alguno de esos desgraciados que había fallecido durante la noche; después era tal la debilidad de los sobrevivientes, que no podían caminar, sino que se arrastraban en todas direcciones buscando charcas de agua corrompida, que habían dejado las lluvias pasadas, con qué apagar su sed.

Al fin un día, cuando había perdido toda esperanza y aguardaban una muerte segura, vieron los náufragos aparecer a lo lejos la vela de una embarcación que se fue acercando a la isla y a poco saltaron a tierra los cuatro marineros que habían desaparecido con la embarcación. Explicaron éstos entonces como se habían propuesto ir a buscar a Olano por toda la costa, sin pedir licencia a su Capitán, sabiendo que el no consentiría en que se alejara la lancha dejándoles desamparados; dijeron que a poco andar habían encontrado los restos de la armada en la embocadura del rió Belén; que las naves, carcomidas por la broma y despedazadas por los temporales, habían tenido que ser abandonadas por la tripulación, y no podían utilizarse; que Olano les dijo que se había persuadido de que la carabela había perecido en el temporal, y por eso no había tratado de buscar al Gobernador, y que estaba construyendo una embarcación con los restos de las otras, cuando llegaron los marineros de Nicuesa, y habían tenido que aguardar a que se acabase de labrarla para ir a la busca de su Gobernador, y por eso habían tardado en llegar.

Abrazáronse los soldados llorando y enternecidos al verse salvados y relativamente en seguridad, y tanto más alivio sintieron cuando los marineros les ofrecieron agua, y vino y alimentos, pero en mayor cantidad cocos en diferentes sazones, única fruta que abundaba por allí. Entre tanto Nicuesa permanecía callado y sombrío; no podía olvidar los sufrimientos que había experimentado, y sobre todo la espantosa muerte de tantos infelices que le hablan acompañado en la expedición, atenidos a su protección y a sus ofrecimientos; y en el fondo de su alma crecía la convicción de que el descuido de Olano había sido intencional, y que al darle por perdido sin tratar de buscarle, lo único en que pensaba era en aprovecharse de los recursos de Nicuesa y declararse Gobernador en su lugar.

El gobernador, sentenció a muerte a Olano, pero luego decidió le mantuvieran cautivo, hasta que hubiera ocasión de enviarle a España para que lo juzgaran allí.

La zona circundante al campamento, carecía de alimentos, las incursiones al interior eran peligrosas, habían sembrado maíz; Nicuesa dejó una guarnición para cuidarla y se dirigió a Portobelo, sitio que le ponderaron como muy bueno, fue en busca de "pan y oro".

Apenas se encontró en la bahía de Portobelo, la nave fue atacada por una nube de flechas nativas. Entonces continuó navegando el litoral, avistó una zona fértil con altas sierras a su espalda y un puerto al frente, era el llamado Bastimentos por Cristóbal Colón.

Desembarcó sin dificultad en el lugar, y lo llamó Nombre de Dios.

La desgracia tampoco lo abandonó en este lugar. Los naturales eran inhospitalarios, para buscar alimentos debían librar un combate diario. Llegó la gente que había quedado cuidando el sembradío de maíz, aunque resultó de poca ayuda.

Reunida toda su gente, Nicuesa resolvió enviar los menos débiles en la carabela a La Española, a traer recursos a cualquier precio. De los setecientos hombres que habían salido de Santo Domingo, quedaba un centenar, muchos de ellos moribundos. El esfuerzo resultó inútil, Diego Colón embargó la embarcación y no permitió que volviera a Castilla de Oro.

Pero si llegó al puerto un navío repleto de provisiones, que llevaba Rodrigo de Colmenares, antiguo amigo de Nicuesa.

Refirió Colmenares cómo acababa de visitar una floreciente colonia en el golfo de Urabá, compuesta de los restos de la expedición de Ojeda, los cuales, habiendo abandonado al funesto sitio San Sebastián, se habían transportado al otro lado del golfo, en tierras de la Gobernación de Nicuesa; pero añadió que muchos de aquellos colonos, descontentos con el gobernador Enciso, le habían encargado que buscase a Nicuesa, el legítimo dueño de aquella gobernación y le invitase a que fuera a hacerse cargo del mando de la colonia.

Después de tantos infortunios y desdichas, semejante noticia trastornó el buen juicio de Nicuesa; olvidó que aun no era dueño de los que le mandaban llamar, y haciéndose explicar los motivos de las quejas contra Enciso, dijo que él arreglaría las desavenencias, quitando a todos los colonos sus repartimientos y encomiendas y haciendo nuevos repartos, según lo que él creyera justo. Estas imprudentes palabras llegaron a oídos de algunos de los colonos del Darién que habían acompañado a Colmenares, quienes se llenaron de aprensión pensando que Nicuesa, en vez de llevar la ansiada paz a la nueva población, produciría mayores desórdenes y disgustos sí pretendía estrellarse contra los que tenían ya bienes propios. Aquel recelo llegó a su colmo, cuando hablando con Lope de Olano, que iba siempre arrestado, les dijo: "¡Pretendéis que Nicuesa os gobierne! Mirad bién lo que vais a hacer, y recordad que yo le serví y le salvé la vida, mandándole un barco a recogerle cuando se moría de hambre, y él me pagó el servicio con prisiones y cadenas ... Igual será la suerte de los del Darién, si a Nicuesa piden auxilio!"

Alarmáronse mucho los colonos con aquellas palabras de Olano, y fingiendo tener mucha urgencia de volverse a la nueva población, sin aguardar a que Nicuesa concluyera sus aprestos, se metieron en una pequeña embarcación y se adelantaron apresuradamente a dar parte a los pobladores de Nuestra Señora de la Antigua de los informes que habían recibido sobre el carácter del Gobernador a quien llamaban.

La noticia produjo grande agitación en la colonia, sobre todo entre los que habían logrado ricas encomiendas de indios y tenían buenas porciones en el botín; éstos en el acto empezaron a trabajar en el ánimo de todos para que rechazaran a Nicuesa cuando se presentara en el caserío.

Nicuesa se atrasó por capturar indígenas para vender en las Antillas, y dejó tiempo suficiente para que sus enemigos obrasen sobre el ánimo de los habitantes; de manera que la población en masa se propuso impedir a todo trance que desembarcase el Gobernador, y pusieron centinelas para que avisasen su llegada a las aguas del Golfo.

Cuando Nicuesa se acercaba a la población de la Antigua y se preparaba a desembarcar, detúvole una tropa armada, y tomando la palabra el Procurador, le intimó, de orden del Ayuntamiento, que se le prohibía el desembarco y se le ordenaba alejarse en el acto de aquellas playas dejando en ellas a los que quisiesen quedarse.

Sorprendido Nicuesa con aquella repentina mudanza de los mismos que le habían llamado, insistió en saltar a tierra para que le explicasen los motivos, y habiendo desembarcado a la fuerza, algunos quisieron matarle y le obligaron a refugiarse en un vecino bosque.

Viendo la furia del populacho, Nicuesa mandó decir a los habitantes del Darién que si no querían reconocerle por su Gobernador, estaban en su derecho; pero que le permitiesen entrar en la población y pasar allí algunos días como simple particular, porque hacerle volver a Nombre de Dios, era condenarle a una muerte segura.

Sus súplicas fueron vanas, le obligaron a embarcarse con diez y siete hombres que se ofrecieron a acompañarle, en un barco comido de broma y con alimentos para sólo dos días, advirtiéndole que si procuraba acercarse a la colonia encontraría la muerte.

Profundamente herido en su dignidad, el mísero Nicuesa se alejó de aquellas playas funestas... Era el día primero de Marzo de 1511, y desde aquella aciaga fecha jamás se volvió a tener noticia del hidalgo de Baeza...

Años después, dícese que unos marineros que naufragaron en la isla de Cuba encontraron un grabado en un árbol, que decía: "Aquí feneció el desdichado Nicuesa".

Mapa Nicuesa


Fuentes:

http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/ilustre/ilus7.htm