Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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Las garras de la Inquisición (1520) 

I

El reparto de los indios de Boriquén, hecho por el alcalde mayor Juan Cerón, teniente de gobernador por el Visorrey don Diego, en la isla de Sanct Xoan, cuando el poblador Juan Ponce de León le entregó el 29 de octubre de 1509 las varas de la Justicia en la incipiente colonia, no dejó satisfechos a los vecinos de Caparra.

Luego, al sustituir el Capitán del Higüey al Cerón, realizó nuevos repartimientos de indígenas que tampoco fueron del agrado de los pobladores. Y con el pase cruel de unas manos a otras, vino el alzamiento de los aborígenes contra los invasores europeos, en 1511, y la guerra con las desgracias y desastres de toda conquista.

Después, en la pacificación, fué preciso hacer nuevamente otros repartos de indios, una vez dominados los rebeldes boriquenses. Y éste lo hizo el Conquistador.

No quiso el rey Fernando que el cuarto repartimiento la hiciera el Conquistador y sus parciales; y por ende, dió orden que el Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, licenciado Sancho Velázquez, lo efectuara, pasando de la capital de la Española a la inmediata isla de San Juan. Y así se cumplimentó. La llegada del Fiscal de S. M. a Caparra, levantó una polvareda de disgustos, mayores aún después del reparto de Encomiendas. Las presas eran cortas y los pobladores muchos, y aunque se disminuyeran las cuadrillas de naborías, no alcanzaban para todos.

II

— Señor Obispo, el licenciado Velázquez ha dejado a su Ilustrísima sin indios para las Cofradías en el nuevo repartimiento que ha hecho por orden del Rey.

- No os preocupéis por eso, querido padre Bernardo —replicóle monseñor Manso. Y añadió con sonrisa forzada: — Por algo he sido canónigo; y aunque afirman que soy poco experimentado en las cosas el Rey, que Dios guarde, siempre ha estimado mis servicios, y por su orden visité la Universidad de Salamanca y metí en cintura a toda aquella gente de alto copete.

— ¿Cómo, monseñor?

— Pues, sencillamente. Castigué a los doctores y catedráticos, obligándoles a pagar de su bolsillo particular, y no de las arcas de la Universidad, como lo habían efectuado, las ropas de seda que se habían hecho para salir a recibir pomposamente al príncipe don Juan, cuando les visitó.

— Y el rey Fernando, ¿aprobó vuestros actos?

— Desde luego. Y ya me veis aquí, Y así como he obligado a los pobladores de Caparra a pagar el Diezmo y las Primicias, a pesar de sus desacatos e inobediencias, de igual modo procederé contra el encopetado Velázquez, para que me dé una Encomienda de indios, para las Cofradías de esta ciudad y la Villa de San Germán, pues esta es la única granjería que el las Indias podemos tener por ahora.

— Váyase con cuidado. Su Ilustrísima, que el señor Fiscal de S. M. es un hombre de valimiento en la Corte y le puede echar la zancadilla.

— Antes se la echaré yo a él, padre Bernardo.

III

El diez de agosto de 1515, embarcaba Sancho Arango, en la carabela Barbóla, del maestre Francisco González, con un Memorial para el Cardenal Cisneros, en el que entre otras anotaciones contra Velázquez, el Justicia Mayor, se le acusaba de «dar yndios a marranos, hijos de reconciliados, jugar a los naipes, non castigar los amancebamientos, y que por quaresma se yba a una estancia donde se estaba sin oyr missa, e comiendo carne, e diciendo cosas contra la fee».

Por lo visto, el señor Obispo Alonso Manso, no era tan pacífico como su apellido indica, y tampoco se dormía en las pajas.

El Rey ordenó que el licenciado Antonio de la Gama, pasara a las Indias y tomase de paso residencia a Sancho Velázquez, Justicia Mayor de San Juan. Tan pronto llegó a Caparra, empezó la Gama la investigación, y a los cinco meses sentenció el Juez pesquisidor, con arreglo a los Capítulos de Corregidores, que Velázquez fuera privado de su oficio de Justicia Mayor, pagase ciertas multas y fuera remitido preso a S, M. El ex Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, apeló mediante procurador. La Gama le otorgó la apelación para ante los tribunales de S. M. en la Corte, y ordenó que en la carabela Santiago, del maestre Cristóbal Sánchez, embarcara el ex Justicia con rumbo a España.

Con esta providencia, retiraba hábilmente La Gama de la colonia al Fiscal Velázquez, y a su vez, le daba facilidad para que se justificara ante el Rey.

IV

— De orden de la Santa Hermandad, abrid.

— ¿Qué pasa, alguacil Pérez, que parece venís a mi casa en son de guerra? Olvidáis vos lo que he sido en Santo Domingo y aquí y lo que puedo volver a ser?

— Señor, traigo una orden terminante del Inquisidor General de las Indias. Se me ordena detener incontinente, al licenciado Sancho Velázquez por blasfemo. Y ya veis, el licenciado Sancho Velázquez sois vos. Daos, pues, preso a la Santa Justicia.

— ¡Conque Su Ilustrísima quiere camorra con un Fiscal de S. M.! Sea. Vamos, Pérez, donde gustéis.

— A la Santa Hermandad hay que obedecer humildemente, señor licenciado — replicóle con arrogancia y socarronería el soberbio alguacil.

La noticia corrió por toda Caparra como un reguero de pólvora prendida. Ni Ponce de León, ni La Gama, se atrevieron a intervenir ante el Inquisidor General de las Indias para sacar a Velázquez de la carcelería y que se embarcara para España. Y el 17 de mayo de 1520, día de la Ascensión, daba el piojo en los calabozos de la Santa Hermandad por blasfemo, el que se habla atrevido a dejar al señor Obispo, sin una buena encomienda de indios para sus Cofradías.

En el Archivo de Sevilla, hay un legajo del pleito interpuesto por Beatriz de la Fuente, viuda, vecina de Olmedo, y madre del licenciado Velázquez, contra el Fisco. De este interesante documento, se colige, que Velázquez fué sentenciado injustamente; que fueron testigos contra él, todas aquellas personas que había castigado en la colonia.

Ningún cronista se atreve a anotar, por qué sucumbió Velázquez en las garras de la Inquisición con tan inopinada mudanza de la suerte: pero entre líneas se deja entrever, que la Ojeriza del Obispo y su persecución violenta, aplastaron y redujeron a polvo ruin al ex Fiscal de S.M.

El berrinche de verse en las redes de la Institución de Torquemada, con las usuales prácticas del tormento de los tarritos de agua, para que declarase que era blasfemo, acabó tal vez con el encopetado Justicia Mayor.

Antonio Sedeño, que fué un perturbador sin entrañas y que desempeñó el cargo de Contador de San Juan, fué castigado por Velázquez, por haber sustraído una mujer sevillana, de a bordo de una carabela. Pues bien, este Sedeño escribía al Cardenal de Tolosa: «Estoy en con el hermano de Sancho Velázquez, un mal juez, que fué remitido a S. M. para que hiciese con él justicia; y proveyendo Dios maravillosamente en su castigo, fué preso por la Santa Inquisición y murió en ella, antes que diera descargo de sus obras»

¡El manteo supo diestramente echarle el guante a la toga! ¡Nuestra bella isla tuvo la peregrina gracia, de ser la residencia especial del Inquisidor General de las Indias ...! Todavía en 1625, cuando los holandés tomaron la ciudad, se encontraron Sambenitos en el coro de la Catedral...

Gracias a Dios, que el progreso ha barrido con tales procedimientos, aunque las herejías y los blasfemos continúan dando que hacer, ¡Terribles eran las garras de la Inquisición...!

Becerrillo Una visita de ultratumba