Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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El milagro de la Guadalupe (1568) 

I

Doña Estéfana Gándara, viuda de Medina, vivía en su modesta casita de madera techada de paja en la Caleta de San Juan, Después que los holandeses, en 1625, incendiaron la capital, fué que se construyeron las casas, por orden de S. M., de tapiería y azotea, y de modo que no pudiera propagarse un incendio con facilidad.

Era el 24 de agosto de 1568. La señora Estéfana estaba en la barbacoa de su casa, en la parte posterior, recogiendo unas cuantas viandas y almudes de maíz, que tenía secando al sol. Estaba sentada en el suelo, a la moruna, y con su hijita Lupita en la falda, nena de año y medio de edad. Apuraba a su criada Benita para que activase el trabajo de retirar aquellas provisiones porque el cielo estaba encapotado, color de panza de burro, y amenazaba llover mucho.

En esta fajina sintió una fuerte ráfaga de viento, venida del norte, y dijo a su fámula:

— Apura, Benita, que esto huele a tormenta; este viento inseguro y alocado no indica nada bueno.

— Niña, estamos en el mes de las tormentas.

Al poco rato empezaron ráfagas sucesivas que ya declaraban el mal tiempo. Era que comenzaba el célebre huracán de San Bartolomé del siglo XVI.

Doña Estéfana trató de incorporarse y ponerse en pié, para retirarse al interior de la casa; pero la violenta tromba huracanada le arrancó la niña de los brazos y se la llevó en volanda, y a ella la arrojó contra el suelo a punto de estrellarla contra las tablas de la barbacoa. Benita acudió presurosa en su auxilio y pudo ayudarle a retirarse a lugar seguro, trancando puertas y ventanas. El viento recio silbaba por entre las rendijas y la casita se sacudía como palmera que balancea un fuerte ventarrón.

Doña Estéfana se arrojó en una cama gimoteando por la suerte que corría su Lupita, en poder de la tempestad. No era posible salir a la calle y la noche se había echado encima. Los rugidos del mar en la puerta de San Juan parecían de fieras desencadenadas. Tuvo que resignarse la infeliz madre a esperar el día.

II

El huracán duró toda la noche: hacia la madrugada se oyeron algunos truenos, señal inequívoca de que la tempestad iba de paso.

Doña Estéfana y Benita, su fiel criada, se echaron a la calle en busca de Lupita, temerosas de una terrible desgracia. No bien hubieron andado por la Caleta diez pasos, les gritaron de la casa del padre Estarache, que estaba tres casas más abajo que la suya y era de dos pisos con mirador:

— Doña Estéfana, doña Estéfana, acá está Lupita, sana y salva. Doña Estéfana, venga acá.

III

Corrió la madre desolada a casa del presbítero Estarache. donde encontró a su hijita, que se la comió a besucones y caricias. Las lágrimas de alegría le corrían por las mejillas. La familia del padre Cura la rodeaba. ¿Qué había sucedido?.

IV

Parte del mirador de la casa del padre Estarache lo había deshecho el huracán, dejando al descubierto un gran portlilo.

Por aquel hueco la tromba huracanada había metido a Lupita, que había arrancado de los brazos de su madre. La muchachita había caído sobre un montón de ropa sucia, acumulada en uno de los rincones de aquel desván. Empezó a llorar y gritar y una criada de la casa subió al mirador a ver qué ocurría allí y recogió a la infantica.

Al verla el padre Estarache exclamó:

— ¡Los escapularios de la Virgen de la Guadalupe, que lleva al cuello, la han salvado...!

— Loada sea la Virgen de la Guadalupe — gritaron todos.

Doña Estéfana dispuso que se dijera una misa cantada, a toda orquesta, en honor de la Virgen de la Guadalupe había salvado a su hijita querida, milagro de la Virgen de la Guadalupe está consignado en los cronicones de la Santa Iglesia Catedral.

V

Nuestros abuelos tenían una fe inatacable a machamartillo, en la intervención divina en los hechos humanos. Cualquier suceso inexplicable, que consideraban no natural. era debido a la mano de la Divinidad.

La doctrina de la gracia de San Agustín y el culto de las imágenes estaba en todo su apogeo.

Yo alcancé a mi abuela de muy avanzada edad, tenía más de noventa años: doña Juana Torres de Toste: matrona fuerte y devotísima de los Santos.

¡Ah!, la recuerdo perfectamente: yo tendría más de diez años; ella sentada en su hamaca caraqueña de cordoncillo, con grandes flecos a los lados, prenda traída por su esposo, don José Francisco Toste, marino, de la isla de Curazao; yo sentado en una sillita de paja, hecha en el país.

— Abuelita, ese santo que tienes en ese esquinero, ¿quién es?

— ¡Es San Blas, hijo! Nos protege contra las tormentas. Cuando viene el huracán se lleva muchas tejas de la población; nosotros nunca hemos perdido una; se lo debemos a San Blas.

¿Quién se acuerda hoy de San Blas? Y en la Edad Media fué uno de los santos más populares. El que conservaba mi abuela era de madera y de un pie de altura.

—Y este cuadrito con una cruz de dos brazos a cada lado, ¿qué significa, abuelita?

— Esta reliquia se la compré hace muchos años a unos monjes misioneros, venidos de Jerusalén, que pasaron por aquí vendiendo objetos sagrados. Está hecha e impresa en los Santos Lugares: dentro de la cruz hay una oración. que rezándola todos los días impide que entren epidemias en la casa; por ella, cuando vino el cólera morbo a Arecibo el año 56 no tuvimos en casa ningún atacado. En la casa del lado vivía el vicario Domínguez y tuvo enfermos y en la otra casa el Alcalde don Vicente Balseyro y también los tuvo.

Mi abuela hablaba con una tranquilidad de espíritu y un dominio absoluto en lo que decía, infiltrando en mi alma infantil sus divinas creencias.

La credulidad en los milagros ha perdido mucho terreno en los tiempos actuales por falta de religiosidad en los espíritus: todo es cuestión del cristal con que se mira el hecho más o menos inexplicable; el sentimiento religioso lo explica de un modo: el racionalismo de otro. Para Espinoza y Kant, adoradores de la Razón Pura, el milagro es el reconocimiento de la humana ignorancia.

Pero los creyentes católicos están con Santo Tomás de Aquino: Para Dios no hay nada imposible supra naturam, contra naturam et praecter naturam (sobre la naturaleza contra la naturaleza y fuera de la naturaleza). San Agustín o Tertuliano decían: Credo quia absurdiim (lo creo porque es absurdo): indicando la necesidad de lo sobrenatural para sostener la fe (1).

Los restos de una cadena de oro Los negros brujos

Nota:

(1) Esta frase la encontré en un Diccionario español, publicado en París, atribuida a San Agustín. Después he visto que San Agustín no dijo eso y que la frase de Tertuliano es parecida a esa.