Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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La fuente mágica (1512) 

I

Ponce de León en búsqueda de la fuente de la juventudEstaba Juan Ponce de León en su casa de la Villa de Caparra tomando plácidamente el fresco en la terraza de la casona, cuando se le presentó el piloto Antonio de Alaminos y le dijo:

— ¡Capitán, le traigo una buena noticia...!

— Por Santiago, dígala el amigo Alaminos.

Pues acabo, mi capitán, de llegar de Santo Domingo. He hecho esta vez escala en la islilla Adamanay y he sabido allí de boca de indios prácticos, muy buenos canoeros, que existe una isla hacia el norte de Cuba, donde hay una fontana rejuvenecedora, que devuelve la juventud perdida a quien se baña en ella...

- ¡Patrañas, mi buen Alaminos, patrañas...!

- Mi capitán, ¿no tenemos las Aguas de Cuamo, que devuelven el andar a los tullidos y curan a los llagosos? Además, tengo en mi nao dos de esos indios prácticos, que han querido venir voluntariamente conmigo como testigos, y me aseguran que conocen la ruta para llegar a tan maravillosa isla. En tan delicioso lugar no hay ancianos: todo el mundo es joven y rozagante: la alegría resplandece en los rostros: es un verdadero edén. Llaman a ésa isla Biminí.

Despertóse el celo dormido en el viejo guerrero, deseoso de adquirir nuevos laureles, Y replicó al piloto:

— Pues bien, Alaminos, iremos en demanda de ella. Precisamente tengo carta del Rey que me ordena entregar la Alcaldía Mayor a Juan Cerón y el Alguacilazgo a Miguel Díaz, porque el Consejo de Indias ha fallado, que pertenece el gobierno de Sanct Xoan —de estas tierras por mí exploradas, conquistadas y poblada— a los Tenientes de don Diego Colón, teniendo en cuenta que el gran Almirante, su padre, descubrió esta isla.

— ¿De modo que declina vuesa merced el mando en la Villa de Caparra?

— Sí. ¿Y qué remedio me queda ? ¡El Rey así lo ordena! Por otra parte, me dice Su Alteza, que está muy agradecido de mis buenos servicios y me indica me ponga de acuerdo con Pasamonte, el tesorero de La Española, para salir a descubrir nuevas tierras.

— Pues mi noticia no puede ser más oportuna, mi querido Capitán.

— Así lo creo. Alaminos. Y aunque es doloroso abandonar estas comodidades, que sudor y sangre me cuestan, empezaremos de nuevo la lucha con el destino, con la ayuda de Santiago, apóstol. Preparemos, desde luego, las naos para ir a la conquista de Biminí y de su maravillosa fuente de vida y salud.

II

El jueves, 3 de marzo de 1512, por la tarde, zarpaba Juan Ponce de León, del puerto de San Germán, el Viejo, el de la desembocadura del río de Añasco, con tres naos bien aderezadas, en busca de la desconocida ínsula, donde había una fuente de juventud eterna, cuya extraordinaria noticia le preocupaba hondamente.

Las carabelas hicieron rumbo al norte, doblaron la punta de San Francisco y fondearon frente a los Pozos de la Aguada, a proveerse de abundante agua, antes de entregarse a tan peligrosa y desconocida aventura.

Izáronse las anclas al siguiente día por la noche, aprovechando la brisa terral, y fijaron las naos sus proas al noroeste, cuarta del norte, llevando por guías a aquellos indígenas que aseguraban firmemente la existencia del manantial rejuvenecedor de la vida, que daba la alegría al espíritu y la belleza al cuerpo. Así navegaron toda la noche hasta la salida del sol.

Pasados días de penosa exploración marítima, y combatido por vientos contrarios y fuertes corrientes, tuvo Ponce de León que arribar de recalada forzosa al norte de Cuba. Repuestas las averías sufridas en los barcos, orientó de nuevo su flotilla al norte, y, después de unos cuantos días vislumbró tierra. ¡Latieron los corazones de entusiasmo! Como era la fiesta de la Pascua de Resurrección, bautizó el hallazgo Isla de la Florida, ignorando el intrépido argonauta que había arribado al deseado Continente (11 de abril de 1512)1.

Costas bravas y autóctonos aguerridos (los indios Seminolas) demostraron que aquella no era la tierra que buscaban. Izó de nuevo las anclas Ponce de León para 1 demanda de la ansiada Biminí, el áureo vellocino de oro de sus esperanzas. Inútiles esfuerzos. Pasados seis meses largos de haber salido del puerto de San Germán, y agotados los bastimentos de boca, regresó el audaz caudillo, estropeado, enfermo y desilusionado por aquel revés de la fortuna, a la bahía de la Capital. También le acompañaba el crédulo Alaminos. En vano buscaron el mágico secreto; bañáronse en cuantos manantiales encontraron al paso y no aparecía por ninguna parte a de la juventud eterna. ¡Terrible desencanto...!

El piloto Ortubia, que quedó atrás con una carabela bojeando islotes e islillas para agotar la última esperanza, volvió a Sanct Xoan, dando cuenta del hallazgo de Biminí, la ambicionada tierra; pero, aunque se habían bañado en todos los hilos de agua, en alas de halagadora ilusión, no surgía la juventud ansiada. Todo había sido un mentido ensueño, una azul quimera, una esperanza falaz de aquellos inocentes indígenas y supersticiosos aventureros.

Se habían bañado, todos, en las linfas cristalinas de los torrentes, en las aguas estancadas de los pantanos, habían cruzado las terribles escolleras de las montañas, habían franqueado las salvajes sabanas y las áridas dunas de las costas; probado las aguas por imperceptibles que hubieran sido sus brotes, pero, ¡ay!, ¡nada les devolvía la perdida juventud! ¡Al contrario, cada día blanqueaban más sus luengas barbas y sus luengos cabellos ...!

III

Dada cuenta al Rey del difícil viaje de exploración verificado y de las tierras descubiertas, nombró el monarca al intrépido Juan Ponce de León Adelantado de la Florida y Biminí.

Y en 1521, cuando concluyó de mudarse la ciudad de Caparra a la actual Isleta, en virtud de información y fallo de los Padres Jerónimos, el antiguo Capitán de Higüey y Explorador, Conquistador y Gobernador del Borinquén, se fué a sojuzgar y poblar la Florida, descubierta por él, alucinado por las glorias obtenidas por Hernán Cortés en Méjico y los Pizarros en el Perú, perdiendo en tal empresa capital y vida.

Las piedrezuelas de oro de los indígenas del cacicazgo de Jiguayagua, obtenidas en la Mona, llevaron al soñador Capitán a la conquista de la selvática Borinquén y las seductoras quimeras de los indios fantaseadores de la islilla Adamanay le condujeron a pisar tierra continental inexplorada.

Dos grandes ensueños y dos grandes ambiciones. El deseo del oro y el deseo de la juventud fueron los acicates para tener la gloria de haber sido el primer Gobernador de la isla de San Juan y el Adelantado de la Florida y Biminí.

IV

La vida es evolución, movimiento, avance: y una juventud eterna sería estancamiento, detención, inercia. La vejez y la muerte son necesarias a la transformación de los seres para el progreso indefinido del espíritu. ¡Es preciso morir para seguir viviendo! ¡La renovación es el misterio de las fuerzas vitales del infinito...!

El Capitán Salazar El Cristo de los Ponce

Nota:

1 Otros autores indican que fue el 2 de abril.