Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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Los restos de una cadena de oro (1560) 

I

Corría el año de 1564, El galeón San Jerónimo que conducía al nuevo gobernador don Francisco de Bahamonde y Lugo, capitán de caballos en Flandes, había fondeado en la cala de San Juan.

Los oficiales reales Cristóbal de Salinas, Hernando de Cardona y Pedro de Castillejos, pasaron a bordo a cumplimentar al nuevo gobernante, besalle la mano, y disponer el desembarco de las armas, ropas y matalotaje que traía el navío.

Dos regidores del Cabildo, con Alonso Pérez Martel a la cabeza, estaban encargados del arreglo del arco triunfal, y de los preparativos que la Cibdad tenía que hacer para el recibimiento del gobernador; no olvidando, por supuesto, que había que colocar en lo alto del arco, por timbre, las armas de S. M.

El mismo día, por la tarde, saltó a tierra el representante oficial de la Corona, y el regimiento de San Juan de Boriquén estaba tendido a lo largo de la Caleta, desde el muelle hasta los peldaños de la Catedral. La capital no estaba aún circuída de murallas, y por consiguiente, no existía la Puerta de San Juan, que construyó después don Yñigo de la Mota Sarmiento, en 1635, colocando una capilleta en la parte superior dedicada a San Juan Bautista.

Los atambores, trompetas y pífanos abrían la marcha. El galeón y la galera del puerto hacían fuego de cañón. Los arcabuceros hacían salvas desde Casa Blanca, y las seis piezas de artillería de bronce, del fortín de Santa Catalina y las cuatro del bastión del Morro, atronaban el espacio.

La Ciudad toda recibía con agasajos y vítores al nuevo gobernador. Los rico-homes de la capital, antiguos hijos-hidalgos y ora tratantes en jengibre y cueros, los Mendozas, Guzmanes y Padillas, al besalle la mano al bravo capitán de Flandes y darle el parabien de su llegada por traer cédula de gobernación para esta isla por los reyes de Castilla, le regalaron una cadena de oro por valor de más de cien ducados.

Don Francisco vestía jubón de raso chorreado y calzaba bermejas de holanda. altas botas, cerradas, de camino, con espuelas doradas, cuera damasco negro guarnecida de oro, con tres cuchilladas en el pecho, sombrero de tafetán negro con caireles de oro y trena de ámbar con cordoncillos de lo propio, plumas blancas en el sombrero y bohemio morado.

A la puerta de la Catedral salió el Cabildo eclesiástico y el señor Deán a la cabeza, por ausencia del señor Obispo, a cumplimentar al regio representante, darle el agua bendita y aspejarle con ella. El órgano sagrado dejó oír entonces sus melodiosas notas y el incienso y la mirra, perfumando el ambiente, esparcieron por los ámbitos del templo grises nubéculas aromosas.

El gobernador tenía aderezado un aposento en Casa Blanca y pasado el Tedeum y visitado el Cabildo, donde fué recibido baxo mazas, abatidas luego al brazo y los reyes de armas descaperuzados, se retiró orgulloso y satisfecho a su aposentamiento, acompañado de todos los caballeros de San Juan, la guarda de alabarderos, y montado en en brioso corcel que tenía pelliza de terciopelo hasta debajo de los estribos.

La Cibdad ardió en fiesta tres días y se rompieron cañas y se corrieron ágiles y apuestos caballos de los hatos del Toa y del Turabo, en honor del nuevo gobernante; y se paseó el Pendón de Castilla por rodas las calles con pífanos y atambor.

II

Don Francisco de Bahamonde y Lugo cumplió como bueno en su gobernación. Los tiempos eran agrios y apretados. Combatió a los atrevidos caribes que infestaban la isla por la banda de San Germán y hasta fué en persona a aquellos arriesgados sitios a hacerles la guerra; y en una guasábara recibió un terrible flechazo en el muslo izquierdo, que lo postró en cama y estuvo a punto de entregar su alma a Dios, pues llegó a estar oleado.

Salvado de tan peligrosa herida, determinó don Francisco marcharse a España, por haber terminado el tiempo de su gobernación. Despidióse de todos cortésmente y regresaba a su patria tan pobre, que al salir a embarcar sólo le quedaba una vuelta de la cadena de oro, que le habían regalado los estancieros de San Juan. Entonces. dirigiéndose a la mujer de un sobrino suyo, allí cercana, le dijo:

— Señora, tomad los restos de esta cadena de oro; y no me lo agradezcáis al dároslos, que no lo hago por servirla, sino por tener, ¡voto a sanes!, el orgullo de decir con verdad que «no me llevo nada de Puerto Rico».

¡No sabemos, de 1565 para acá, que se haya repetido la frase del Capitán de caballos en Flandes. don Francisco de Bahamonde y Lugo...!

Santa Rosa de Lima Los milagros de Guadalupe