Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

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Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas

Cayetano Coll y TosteCayetano Coll y Toste.
(Puerto Rico, 1850 -1930)

Poeta e historiador, recopiló las tradiciones y leyendas puertorriqueñas que cubren tres siglos y medio de vida colonial. Aquí reproducimos las de los primeros tiempos:

1511 Guanina
1511 El Capitán Salazar
1512 La fuente mágica
1513 El Cristo de los Ponce
1514 Becerrillo
1520 Las garras de la Inquisición
1523 Una visita de ultratumba
1524 La casa encantada
1530 El grano de oro
1536 Los milagros de San Patricio
1540 Santa Rosa de Lima
1560 Los restos de una cadena de oro
1568 El milagro de la Guadalupe
1591 Los negros brujos
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Los negros brujos (1591) 

I

El 12 de enero de 1591 tomó posesión de este Obispado el fraile franciscano Nicolás Ramos y Santes. Era fuerte en teología y presumía de erudito. Tenía a Torquemada metido en la mollera. ¡Ya se ve!, un protegido de Felipe II, tan amante de asistir a los Autos de Fe.

Acompañaba al Prelado otro fraile de su orden, tan imbuido como él en las cosas del Santo Oficio y sabueso adiestrado para investigar herejías.

Desde la muerte del obispo Alonso Manso, en 1539, el vecindario había dejado de ser atropellado por los sicarios de la terrible institución.

El padre Pascasio de Ybartua —éste era el nombre del amigo del señor Obispo— se apoderó de un confesionario de la Catedral; y al par de semanas estaba empapado de la vida íntima del vecindario.

II

— Señor Obispo —dijóle el Padre Pascasio—, tenemos que hacer un escarmiento entre estas gentes pervertidas.

— ¿Ocurre algo grave ?

— Grave y muy grave, señor Obispo. Le voy a dar datos obtenidos en confesión; y en confesión mía recíbalos.

— Pues diga y abrevie, que se acerca la hora de almorzar.

— Pues el plato que le voy a servir será de su agrado. Una señora me ha confesado que por ser su marido infiel ha recurrido a unos Negros Brujos, para que le vendieran un filtro, para obligar a su marido a que vuelva a serle a ella fiel...

— De esos casos tenemos muchos en la Península. Prosiga.

— Recibió una botellita con un líquido verdoso. Pagó una media onza de oro. Le dio en el desayuno, como le indicaron, una cucharadita del brebaje. Y el marido empezó a vomitar y se puso de muerte.

— ¿Qué más?

— La mujer me consultó si seguía dándole el filtro a su marido, porque el fin que ella se proponía era traerlo al camino de la virtud, pero que temía matarlo, aunque prefería su muerte a que viviera en pecado mortal.

— ¡Calentona es la hembra! ¡Qué peligrosos son los celos, Dios mío...! Y usted ¿qué le aconsejó?

— Que trajera el brebaje. Pero hay algo más interesante. El negro brujo la invitó a que asistiera el sábado por la noche a su casa, y vería cosas buenas.

— ¿Y ella fué ?

— Desde luego. Esos malditos hechiceros viven en la Plazuela de Santiago cerca de la Puerta de San Cristóbal. Cuando llegó a ese infernal antro serían las nueve de la noche. Había una veintena de personas. Se alumbraban con un farol. Por una puerta pequeña entró un negro viejo con un cabro, que trepó en una tarima que levantaba del suelo como medía vara. Todos se arrodillaron y adoraron al cabrón. Una negra se puso a besarlo y abrazarlo y a manosearlo... En fin, señor Obispo, cosas que. ni se pueden decir por deshonestas.

— Bien, padre Pascasio, tomaremos providencia. Tenga sigilo y rece por la salvación de las almas de esos infelices

III

— Campillo, lo he mandado a buscar para que vaya usted con cinco corchetes del Santo Oficio, el sábado a las diez de la noche, a la Plazuela de Santiago, cerca de la Puerta de San Cristóbal, y me sorprende, como oficial de la Santa Hermandad, un aquelarre de negros brujos, que se estará celebrando allí ese día y a esa hora. ¿Está usted... ?

— Cumpliré la orden de su Ilustrísima estrictamente, pero, si nos hacen resistencia, ¿qué debo hacer?

— Páselos a cuchillo sin remordimiento alguno; pero yo prefiero que me los cope vivitos a todos.

— Se hará así, señor Obispo. Llevaré mayor fuerza; y cuerdas y esposas suficientes.

IV

Copados los negros brujos con las manos en la masa, instruyóse el expediente consiguiente: y fueron condenados por la Inquisición, unos a azotes y otros a ser quemados vivos.

El Rey Felipe II premió al Ramos, nombrándole, en 1592, arzobispo de Santo Domingo «por su virtuoso celo en defensa de la religión y de las buenas costumbres».

Habiéndose marchado a su Arzobispado, reclamaron, por conducto del gobernador Pedro Suárez, los dueños perjudicados de unas negras esclavas lavanderas que les quemó Ramos en autos de fe; y el Rey trasladó al señor Arzobispo la queja de los vecinos de Puerto Rico.

V

Y su Ilustrísima contestó al Rey, desde la Primada de Indias, con fecha 23 de julio de 1594, textualmente lo siguiente:

«Siendo obispo de Puerto Rico descubrí una gran compañía de negros y negras brujos, que trataban, y se tomaban, de el demonio en figura de cabrón...»

Dice el Prelado que no usó del tormento; que la confesión fué espontánea, y que a tres negras, reincidentes, las entrego al brazo secular, para que hicieran justicia en ellas, con arreglo al capítulo VI: Inquisitionis negatiam de haereticis in sexto. Que el gobernador Diego Menéndez Valdés cumplió la orden de la Santa Hermandad. Que este gobernador Suárez merece un gran castigo, y que él desde luego lo excomulga y lo mismo a los amos que reclaman el valor de sus esclavas quemadas por el Santo Oficio.

¡Y nos dice el cronista de la catedral, que la gran virtud de este santo obispo era que le gustaba penitenciar y quemar ...!

¡Pobre estado social de los abuelos en tan desequilibrados tiempos...!

¡Cuánto ha adelantado la humanidad de aquellas épocas a éstas, modificando su sentido moral en las vías del Progreso...!

El milagro de la Guadalupe