Guatavita

 
 
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Laguna de Guatavita.

80 km. al norte de Bogotá, Guatavita era la la capital religiosa de los muiscas. En la laguna presentían la presencia de los dioses, para agradecer o solicitar su gracia arrojaban oro y piedra preciosas a las aguas.

Con una visibilidad de sólo 20 cm. desde la superficie, en sus 200 x 300 metros de lado, hay una profundidad media de 25 m. donde los españoles buscaron esas riquezas.

Balsa Muisca

"Balsa Muisca", fundida en oro de alta ley, en una sola pieza con la técnica de la cera perdida (19,5 cm. de largo x 10,1 de ancho y 10,2 de alto), representa la coronación de un nuevo cacique en la laguna de Guatavita.

El Lago de la leyenda de El Dorado

Para los muiscas, las lagunas eran la morada de los dioses. De la de Iguaque, la diosa Bachué salió con un niño en sus brazos, siendo los ancestros de toda la raza humana. Veneraban también las de Siecha, Chisacá, Fuquene, Chingaza, Bocagrande y Guatavita, peregrinando entre ellas recorriendo decenas de kilómetros.

Según la tradición muisca, en Guatavita gobernaba un cacique llamado Sua, casado con una hermosa princesa de otra tribu. Sin embargo, era gran aficionado a la chicha y a las bacanales, y su mujer, con la que había tenido una hija, se enamoró de un guerrero que la cortejaba.

Los amantes fuero sorprendidos y Sua sometió al guerrero a torturas horrendas, al extremo de sacarle el corazón y servírselo a su esposa. La mujer huyó desesperada, tomó a su hija en brazos y se zambulló con ella en la laguna.

El cacique ordenó a los sacerdotes que recuperaran a su familia. Estos le informaron que la mujer vivía ahora bajo el agua, donde una gran serpiente la había desposado. El cacique reclamó que le trajeran a su hija y le llevaron una niña sin ojos. Abatido, Sua la devolvió a las aguas y ordenó que a partir de ese día, se arrojaran a la laguna las mejores esmeraldas y filigranas de oro. El propósito de la ceremonia era rogar a la cacica para que le pidiera a los dioses prosperidad y bonanza para su pueblo.

Cada luna llena, la serpiente de Guatavita emergía de las aguas para recordarle al pueblo las ofrendas, los sacerdotes vigilaban su aparición que era señal de prosperidad.

El indio dorado

Al llegar la conquista el ritual había adquirido un nuevo significado. Se llevaba a cabo en ocasión del ascenso de un nuevo cacique generalmente sobrino del anterior. Así lo ha contado Juan Rodríguez Freyle:

"...En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, adornada todo lo más vistoso que podían... Desnudaban al heredero, lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que en la balsa iba cubierto todo de este metal...

Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba en el medio de la laguna, y los cuatro caciques que iban con él hacían lo propio; y partiendo la balsa a tierra comenzaba la fiesta, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo, con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba reconocido por señor y príncipe...

De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado..."

La búsqueda del tesoro

La historia del "indio dorado" dio lugar al "El Dorado", lugar mítico que los conquistadores buscaron desde los Andes hasta el Amazonas, con tanto afán que en 1539 en el plazo de una semana coincidieron en Guatavita tres expediciones que dirigían Benalcázar, Federmann y Jiménez de Quesada, procedentes del Perú, Venezuela y Santa Marta, respectivamente.

En la propia Guatavita, se trazaron diversos planes por drenar la laguna en busca de las ofrendas legendarias. En 1580, un comerciante llamado Juan Sepúlveda empleó 5.000 indios y excavó un canal para desaguarla. El nivel del agua llegó a bajar 20 metros, pero luego el canal se derrumbó y el rey de España se negó a seguir financiando la empresa. Sepúlveda tuvo que abandonar, pese a haber rescatado varias piezas de filigrana y una esmeralda del tamaño de un puño.

Los intentos infructuosos prosiguieron a lo largo de la colonia, pero el oro legendario sigue alimentando los sueños de los buscadores de tesoros hasta hoy.


Fuentes:

Lugares Sacgrados de América. Juan Tafur
OCEANO-AMBAR, 2009.