El ritual de Capacocha

 
 
Cargando ....
  Cosmogonía
PortadaPortada Culturas Áreas Culturales Primeros Americanos Sitios Arqueológicos Arte Precolombino Cosmogonía Dioses y Personajes Míticos Lenguas Escritura y Simbología Biografías Textos y Documentos Mapas Colecciones Pictóricas y Fotográficas
 
 
 
 
 
linkCultura Inca
linkCosmología Inca
Las momias de Llullaillaco

Tres niños incas fueron sacrificados u ofrendados a 6.730 metros de altura, en la cumbre del legendario volcán Llullaillaco (Salta, Argentina). Sus tumbas son las más altas que el hombre jamás haya construido en el planeta. Estos niños-dioses, en su calidad de huacas o posibles mensajeros de los dioses, son los seres humanos que estuvieron más próximos a la refulgente divinidad de los Incas, el Sol.

El rito de Capacocha buscaba mantener "el orden cósmico" en circunstancias difíciles para los incas, como la muerte del emperador, la cercanía de las siembras y cosechas o un desastre natural. La ceremonia abarcaba los adoratorios o huacas que se localizaban en toda la extensión del Tawantinsuyu, y servía para unir el espacio sagrado con el tiempo ancestral.

De las cuatro direcciones del estado Inca algunos poblados enviaban uno o más niños al Cuzco, los que eran elegidos por su excepcional belleza y perfección física libre de todo defecto, por lo general hijos de caciques y con el fin de realizar alianzas en estos ritos. Los niños eran símbolos de pureza ante los dioses, y a las nenas se las criaba en la Casa de las Vírgenes del Sol, donde vivían desde los ochos años de edad hasta el momento del sacrificio.

Transitaban por los sólidos caminos construidos por el vasto imperio, acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados) más importantes de su tierra natal, integraban además la cohorte los curacas y representantes más notables (políticos y religiosos) de las provincias conquistadas. “...llevaban por delante en hombros los sacrificios y los bultos de oro y plata y carneros y otras cosas que se habían de sacrificar; las criaturas que podían ir a pie, por su pie, y las que no las llevaban las madres…” (Molina, 1575).

Una vez en el Cuzco, adoraban al Sol, al Rayo y a las momias de la dinastía real que eran los principales dioses. Algunos eran sacrificadas allí.

Luego de esta celebración, los niños, sacerdotes y acompañantes regresaban a su lugar de origen, pero no lo hacían por el camino real, sino en línea recta, debiendo salvar todo tipo de obstáculos del terreno. La peregrinación podía durar semanas o meses según la distancia; al llegar, eran recibidos y aclamados con gran regocijo.

Después el séquito iba a la montaña (adorada, pero también fuente de temor) donde realizarían la ofrenda entonando canciones rítmicas. Los elegidos para el sacrificio subían lentamente al santuario de alta montaña y había una última noche en sitios de ceremonial construidos en piedra, a distintas de alturas.

La criatura era vestida con la mejor ropa, le daban de beber chicha (alcohol de maíz), y una vez dormida era depositada en un pozo bajo la tierra, junto a un rico ajuar.

Según la creencia Inca, los niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes observaban las aldeas desde las cumbres de las altas montañas. Las ofrendas humanas se realizaban solo en las huacas o adoratorios más importantes del Tawantinsuyu.


Fuentes:

National Geographic, edición en español de Noviembre de 1999.

http://www.maam.org.ar/?seccion=expoperm&seccion2=ceremonia

http://www.camdipsalta.gov.ar/ANTROPO/ninos.htm

http://www.temakel.com/mundomitmsalta.htm

http://www.camdipsalta.gov.ar/INFSALTA/ARQUEO/llullaillaco.htm