Aztecas bajo el Reino del Dios de la Guerra. Ilustraciones de Herbert M. Herget

 
 
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Herbert M. Herget (Estados Unidos, 1885 - 1955)

Nació en San Luis, Misuri, allí se graduó en la Escuela Madison, y luego fue a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Washington. De la edición de junio de 1937 de la revista National Geographic, presentamos sus ilustraciones para el artículo "Aztec under the war god's reign". Los epígrafes -traducidos- corresponden a la publicación original.

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"Concédenos victoria en la batalla".

"Con tu ayuda hemos sometido muchas tribus, y los obligamos a pagar tributos con oro, esmeraldas, ámbar, turquesa y miel". Así pudo haber orado un guerrero a Huitzilopochtli en los tiempos que Cortés invadió México.

Sobre los puños del ídolo descansan dos colibríes, símbolos del Dios de la Guerra. El suplicante lleva un tocado de plumas y adornos en su vestido que denotan su rango militar. El escudo y el garrote reposan en el suelo.

La guerra y la religión eran directrices en la cultura Azteca.

Las ilustraciones de esta serie se basan en los registros dejados por los españoles y en las esculturas recuperadas por el gobierno mexicano.

Garrotes chocan en una pelea entre el "Águila" y el cautivo en una ceremonia realizada en el templo y observada por millares.

Si el prisionero supera a cinco guerreros, obtendrá la libertad; pero como lucha sin escudo y atado, tiene pocas probabilidades. A lo largo de su garrote hay plumas, mientras que la de su oponente, navajas de obsidiana.

Si venciera al primero, debería enfrentarse con otro guerrero del clan Águila, luego con dos "Jaguares", y finalmente con en peleador zurdo, ubicado detrás del sacerdote vestido como un oso negro y que oficia de árbitro de la lucha.

El sacerdote arranca el corazón del sacrificado cuando aún latía.


Cinco sacerdotes, vestidos de negro, sostienen la cabeza, los brazos y las piernas de la víctima, mientras que el vestido de rojo le raja el pecho, agarra su corazón y lo ofrece al dios de la guerra (a la izquierda).

A veces los aztecas escogían la víctima dentro de su propio pueblo.

Esta ilustración se basa en el relato de uno de los seguidores de Cortés, testigo de la ceremonia.

Al mercado con pavos, loros y calabazas.

Incluso hoy en día los agricultores indios llevan sus productos a las ciudades de esta manera, a veces caminando hasta 30 kilómetros.

Nativos americanos domesticaron pavos mucho antes que los españoles llegaran.

La niña aprende el arte de su madre.

Las cañas para fabricar las cestas se obtenían en las tierras pantanosas que rodeaban Tenochtitlán, la capital Azteca.

Hacia el fondo, una plantación de maíz, delante de las casas con techos de paja.

Un tallador de madera- en cuclillas- elabora elementos decorativos en el mercado.

Cerámica, perros y guacamayos son las especialidades de este mercado. Vasijas muy decoradas -derecha- provienen de fuera del reino azteca. Los artesanos locales prefieren diseños sencillos.

Un toldo de tela, visible en la parte superior izquierda, protege del sol a compradores y vendedores. Un cronista español comentó que el murmullo de los concurridos mercados podía escucharse a varios kilómetros de distancia.

Aunque manejaban el oro y la plata, las transacciones se realizaban por trueque.
El gran sacerdote supervisa el Templo y los ritos y ceremonias.

Su cabello está embadurnado con sangre humana, El cetro, la corona, y su manto, representan dioses menores.

Los sacerdotes generalmente vestían de negro, y pintaban con rayas su rostro. Un templo piramidal está a la derecha.

Un capitán "Águila" vigila.

Orejeras y anillos en los labios y nariz denotan su rango. Debajo de las plumas lleva una prenda de algodón empapada en salmuera para que sea rígida e impermeable a las flechas. "Águilas" y "Jaguares", eran los principales clanes guerreros aztecas, llevaban jabalinas, garrotes y escudos.

Guardias custodian la entrada de un embajador de otro pueblo al sagrado santuario.

El diplomático lleva un abanico. Incienso se quema cerca de la pared. Al otro lado de canal, un jefe sobre una litera es precedido por una numerosa comitiva.

Cuando los soldados de Cortés llegaron a Tenochtitlán, hoy Ciudad de México, la encontraron surcada de canales, por los que se realizaba el mayor tránsito. Hoy muchas calles siguen el trayecto de los viejos cursos de agua.

Preparemos una ofrenda para el Dios de las Flores"

No todos los ritos aztecas eran horribles orgías de sacrificio humano para un pueblo que tenía muchos dioses.

Cada ceremonia requería un vestido especial, en este caso los sacerdotes decoran sus batas de algodón con flecos de pumas de quetzal.

Al fondo, en uno de los altares decorados con frescos se quema incienso.