Glooskap concede tres deseos

 
 
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Los hombres habían oído que Glooskap, el señor de los hombres concedería un deseo a quien pudiera llegar a él. Tres nativos decidieron intentar el viaje. Uno era un Maliseet de San Juan, los otros eran Penobscots de Old Town.

El viaje les resultó largo y difícil, sufrieron mucho durante los siete años que duró. Ya a los tres meses de la partida comenzaron a escuchar los ladridos de los perros de Glooskap, cada día hasta llegar el ruido era más fuerte; después de grandes pruebas se encontraron con él quien les dio la bienvenida en una recepción.

Antes de retirarse les preguntó que querían. El mayor un honesto y sencillo hombre pero mal cazador, le dijo que quería ser un maestro en esa actividad. Glooskap le dio una flauta cuyo sonido hipnotizaba a los animales que lo escucharan.

El segundo pidió "el amor de muchas mujeres". Cuando le preguntó cuantas dijo "no importa cuantas, sólo que sean más de las necesarias". Glooskap parecía disgustado al escuchar, pero sonriendo le entregó una bolsa diciendo que no debía abrirla hasta llegar a su casa.

El tercero era un joven con pocas luces, alegre y guapo, que quería hacer reir a la gente. Le dijo que le gustaría hacer un sonido maravilloso y pintoresco, como el del viento que se escucha con frecuencia entre los Wabanaki, y su efecto es tan que siempre se oyen ráfagas de risa. Para él Glooskap fue afable, le dio una raíz mágica que cuando la comiera crearía el milagro que el joven buscaba, pero no debía tocarla hasta llegar a su casa.

A su turno cada indio agradeció y se retiró. Ahora el viaje de regreso sería solo de siete días. Uno solo volvió a su hogar, el cazador que caminaba por los bosques con su flauta en el bolsillo y la paz en el corazón, feliz de saber que cuando lo necesitara tendría un venado a su disposición.

El hombre que deseaba muchas mujeres, estaba tan ansioso que no había avanzado mucho cuando decidió abrir la bolsa. Un enjambre de palomas blancas lo rodeó, luego se convirtieron en hermosas mujeres con ojos negros y tupida cabellera. Con pasión salvaje una se arrojó a sus brazos besándolo, el respondió, pero luego siguieron otras cada vez más fuertes, salvajes y apasionadas. Él pidió que le den aire, pero no, trató de escapar, pero no pudo, así jadeando y en llantos falleció.

El tecero, sin acatar la advertencia de Glooskap, enseguida comió la raíz. Enseguida adquirió la facultad de proferir el sonido místico y extraño a la perfección. Sonaba en las colinas y despertaba un eco lejano, fue contestado por un búho y el joven caminaba alegremente, feliz como un pájaro.

Pero no podía manejar sus nuevas facultades, cuando un ciervo estaba a tiro de ser cazado, su sonido sobrenatural lo espantaba. Llegó a Old Town hambriento, al principio sus pobladores rieron, pero pasado el tiempo lo evitaron. Su impopularidad llegó a tan punto, que entró al bosque y se suicidó.


Fuente:

http://www.indianlegend.com/algonquin/algonquin_002.htm