La creación del Sol y la Luna

 
 
Cargando ....
  Cosmogonía
PortadaPortada Culturas Áreas Culturales Primeros Americanos Sitios Arqueológicos Arte Precolombino Cosmogonía Dioses y Personajes Míticos Lenguas Escritura y Simbología Biografías Textos y Documentos Mapas Colecciones Pictóricas y Fotográficas
 
 
 
 
 
linkCultura Azteca
linkCosmología
Cuando aún era de noche, cuando no había luz, los dioses se reunieron en Teotihuacan y se preguntaron entre sí: "¿Quién hará alumbrar, quién hará amanecer?".

Todos los dioses reunidos acordaron que dos de ellos tendrían que sacrificarse para crear al nuevo Sol. Para ello se ofrecieron Tecuciztécatl "El Señor de Los Caracoles" y Nanahuatzin, "El Purulento". Uno era la exaltación de la belleza y el otro la representación de la imperfección humana. Los dos querían ser el Sol del quinto intento en busca de la perfección humana. Para ello debían que hacer una semana de sacrificios para purificarse y entonces saltar sobre el fuego cósmico que libera a la materia y la convierte en energía.

Tecuciztécatl en vez de usar para su ofrenda las ramas de abeto y bolas de barba de pino, en donde se colocaban agudas púas de maguey con las que se punzaba el penitente; utilizó plumas de quetzal y en vez del abeto, bolas de oro con espinas hechas de piedras preciosas y en lugar de sacrificarse con las espinas de maguey, ofreció en cambio espinas preciosas hechas de coral. Tecuciztécatl no se comprometió y evadió el autosacrificio espiritual por medio de la presentación de ofrendas materiales suntuosas. Nanahuatzin en cambio se sacrificó con verdadero compromiso y fervor, utilizando el abeto, el pino y las espinas de maguey. Uno confundió el sacrificio espiritual con la riqueza material; el otro se comprometió totalmente con su responsabilidad y sacrifico su carne para purificar su espíritu.

Llegado el gran momento, estaba allá en Teotihuacán la gran fogata cósmica rodeada por todos los dioses en donde tendrían que saltar para consumirse en el fuego liberador de las impurezas terrenales.

Primero Tecuciztécatl intentó saltar cuatro veces, pero el miedo no lo dejó. Tocó entonces el turno a Nanahuatzin quien, decidido a la primera oportunidad, saltó en medio de las grandes llamas. De inmediato, Tecuciztécatl lleno de vergüenza se arrojó a la hoguera en forma tardía.

El destino de Nanahuatzin fue convertirse en el Sol de la quinta era y Tecuciztécatl se convirtió en la Luna, porque después de haber saltado y vencer su miedo, apareció por el Oriente. Fue entonces qué los Dioses decidieron arrojarle un conejo en la cara, para que no brillara tanto como el Sol, dejándole una marca que aún hoy conserva.

A pesar de ello, el sol no se movía y las divinidades tuvieron que darse muerte para alimentarle con la energía vital encerrada en la sangre, proporcionando al astro la fuerza necesaria para emprender su recorrido diario.

Cuando todos los dioses hubieron muerto, Tonatiuh, el Sol, comenzó su interminable camino por el firmamento, pero dejo ordenado a la gente, que el pueblo, heredero directo de Huitzilopochti, realizarpia masivos sacrificios humanos al Sol, para que siempre tuviera la fuerza suficiente para cruzar los cielos, y cumplir la tarea de dar la vida.