Religión Azteca

 
 
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La extrema complejidad de la religión azteca sólo puede comprenderse desde la perspectiva de un pueblo guerrero que, en apenas dos siglos, pasó de ser dominado a ejercer total soberanía sobre los restantes pueblos mesoamericanos, muchos de ellos con una tradición cultural muy anterior a la suya.

El régimen azteca era teocrático. El rey ejercía el poder divino por medio de las leyes, los funcionarios y las escuelas nobles.

Al igual que otros pueblos mesoamericanos, como los mayas, los aztecas creían estar viviendo en la era del quinto sol, mientras que las cuatro anteriores habían terminado en catástrofes. Ello constituía, cuando menos, una justificación ideológica para las continuas guerras aztecas, pues era necesario capturar enemigos y sacrificarlos a los dioses, a fin de proporcionar sangre para que el sol no se apagara.

En realidad, las concepciones guerreras -con su culto al sacrificio y al valor-, las necesidades políticas y las creencias religiosas constituían casi una unidad en el mundo azteca. Los cautivos muertos en sacrificios, al igual que los guerreros fallecidos en combate, tenían asegurada su entrada en el imperio del sol. Suerte semejante estaba reservada a las mujeres que morían en parto, probablemente para ahuyentar los temores y aumentar la fecundidad.

CasamientoEl rito nupcial

El matrimonio, como todos los actos rituales de los aztecas, seguía cánones bien establecidos.

La edad indicada para el hombre eran los 22 años, y para la mujer, 17 o 18. Quienes concertaban el matrimonio eran los padres. Los del novio solicitaban a la muchacha.

El primer intento debía obtener siempre una respuesta negativa en actitud de gran dignidad; en el segundo se aplazaba la respuesta hasta consultar la voluntad de la novia.

Ya obtenido el consentimiento, se señalaba el día de la boda, y cuando llegaba, la novia era conducida con gran pompa, entre música y alegría, a la casa del novio. Acompañado de sus padres, el novio salía a la puerta para recibir a su futura esposa con un incensario en las manos y rodeado de personas que llevaban hachas encendidas.

Después de incensarse los novios mutuamente, él tomaba a la prometida de la mano y la conducía a la sala para que se llevara a cabo la boda. Los novios se colocaban en una estera nueva bordada con primor cerca del fuego preparado con anticipación.

Después empezaba lo esencial de la ceremonia: el sacerdote ataba los vestidos de los novios, y éstos, tomados de las manos, daban vuelta siete veces alrededor del fuego quemando incienso, elevando emocionadas plegarias a los dioses y haciéndose obsequios uno a otro.

Luego venía el banquete; los esposos se daban de comer mutuamente sentados en la estera en medio de la habitación. Los invitados se instalaban en derredor, a distancia, aunque podían salir a bailar al patio cuando el pulque ya había hecho su efecto regocijante.

Los novios permanecían en la pieza cuatro días, entregados a la penitencia y al ayuno y orando a los dioses. Los sacerdotes preparaban los lechos. El del novio se adornaba con plumas y el de la novia con una piedra preciosa.

La fiesta terminaba con regalos para los invitados. Quizá un ritual tan bello se antoje para ser único en la vida; pero entre los aztecas, sobre todo los nobles, estaba permitida la poligamia.

Los muertos vulgares iban a un lugar subterráneo llamado Mictlan.

Los aztecas, en suma, contemplaban el mundo como un lugar inestable, fatalismo al que sin duda contribuyó su vagabundear de siglos por la meseta mesoamericana. Las cosechas, los hombres, incluso los mismos dioses, estaban amenazados por las catástrofes naturales, y sólo una religión dura y severa podía ofrecer seguridad.

El sincretismo -conciliación de las diferentes religiones de los pueblos vecinos- llenó de dioses el panteón azteca. Deidades provenientes de diversas tradiciones duplicaban una misma misión; la tradición dualista oponía los dioses propicios a los destructores. Los intereses de la clase dirigente ensalzaban a sus divinidades guerreras, mientras que los campesinos atribuían la fertilidad o las calamidades a los dioses agrícolas. Cada lugar, cada profesión, agregaba al panteón azteca sus propias divinidades.

Los sacerdotes trataron de sistematizar y simplificar la complejidad del sistema de dioses. Algunos círculos intelectuales se acercaron al monoteísmo. A mediados del siglo XV, el rey de Texcoco, Netzahualcóyotl (1402-1472), proclamó la existencia de un ser supremo invisible; pero, carente de imágenes sensibles, el culto impuesto resultó abstracto y sin eco popular. Más extendida estaba la creencia en un principio dual de la creación, Ometeotl.

Tres dioses, que provenían de tres tradiciones distintas, pueden considerarse partícipes de una naturaleza suprema: Quetzalcoatl, la "serpiente emplumada", dios supremo, benéfico, creador del hombre y héroe civilizador, patrocinador del clero, tenía su origen en la civilización de Teotihuacan y había sido adoptado ya por los toltecas; fue vencido y expulsado de su reino -aunque la tradición aseguraba que volvería- por Tezcatlipoca, el sol nocturno, dios supremo de los toltecas, protector de los hechiceros y de los jóvenes guerreros. Huitzilopochtli, divinidad suprema de los primitivos aztecas, era el dios del sol diurno y de la guerra; para los campesinos, el dios de la cosecha y de la vegetación.

Muy cercanos a éstos pueden considerarse también otros dioses como Tlaloc, dios de la lluvia y de la tormenta; para los campesinos era el dios de la lluvia fertilizante, pero también de la sequía y de las inundaciones, deidad imprevisible a la que era preciso aplacar con sacrificios, y cuyo reino era el lugar de los que morían ahogados y de los leprosos. Su madre, Coatlicue, era el símbolo de la tierra, que se alimentaba de los cadáveres enterrados, y que absorbía los pecados de quienes los confesaban. Chalchihuitlicue gobernaba las aguas dulces y Huixtocíhuatl las saladas.

Las diosas Toci e Itzpapalotl patrocinaban la fertilidad de la tierra y la fecundidad de las mujeres. Centeotl era la divinidad del maíz, Xochipili la de las flores y Xipe Totec la de la primavera. La diosa Tlazolteotl presidía el amor carnal, y en los parajes subterráneos de Mictlan reinaban Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, señores de la muerte. Además de éstos y otros dioses principales, los calpulli (unidades sociales especializadas) y los grupos familiares y locales tenían sus propias divinidades.

El clero pertenecía a las clases superiores; estudiaba en sus propias escuelas (calmécac) la escritura y la astrología, a la vez que practicaba la mortificación y los cantos rituales; su vida era de suma austeridad y permanecían célibes. Los dos sumos sacerdotes dependían del rey. Éste era inaccesible gobernando a través de un delegado.

Los templos estaban bien dotados, y a sus expensas se mantenían asilos y hospitales. Los ritos religiosos, frecuentemente celebrados al aire libre alrededor de los templos, reproducían fenómenos cósmicos y, dada su estrecha relación con los ciclos vegetativos, se regían por un complicado ritual, centrado en los sacrificios.

Éstos podían ser de flores y de animales, pero con frecuencia eran humanos, aun cuando las descripciones dadas por los españoles sin duda exageraron el número de víctimas. Los sacrificios e inmolaciones eran en ocasiones voluntarios, si bien lo usual es que se realizaran con cautivos. Las víctimas eran ejecutadas por los sacerdotes, y el ritual indicaba la forma en que debía llevarse a cabo la ejecución. Cuando el sacrificio era dedicado a Huitzilopochtli o Tezcatlipoca, el sacerdote extraía el corazón del guerrero para alimentar al dios.

En ocasiones, cuando no había guerra contra los vecinos, los aztecas declaraban la "guerra florida", una serie de combates individuales que proporcionaban víctimas para los sacrificios.


Fuente:

http://www.entradagratis.com/Enciclopedia-de-Reliqion

http://www.selecciones.com/acercade/art.php?id=850