Tablero del Templo de la Cruz de Palenque

Arte Precolombino
Cargando ....
Portada Pueblos OriginariosPortada
Twitter Pueblos Originarios
Secciones Pueblos OriginariosSecciones
linkCultura Maya 

En la ciudad maya de Palenque, en el extremo norte de la Plaza del Sol, se encuentra el Templo de la Cruz. La cruz es una representación del árbol de la creación que en la mitología maya se encuentra en el centro del mundo. Linda Schele1 nos ha dejado la siguiente ilustración:

En su cuarto central se encontraba el Tablero hoy exhibido en el Museo Nacional de Antropología.

Tablero del Templo de la Cruz (tres secciones reunidas para exhibición por primera vez al público). El desarrollo que la epigrafía ha tenido en los últimos años ha permitido una nueva lectura del panel que decoraba el Templo de la Cruz. Guillermo Bernal nos ofrece la siguiente propuesta. La escena muestra un rito en honor del dios Gl que realizó K'inich Kan Bahlam II (izquierda) el día de su entronización el 7 de enero del 684 d. C. A la derecha vemos a su padre, K'inich Janaab' Pakal, quien ya había fallecido pero que es representado como participe viviente de la ceremonia.

Fotografía y epígrafe: www.inah.gob.mx/ciudadesantiguas

Templo de la Cruz

Templo de la Cruz

Para su descripción recurrimos al artículo de Enrique Juan Palacios Mendoza2, Sobre la Cruz de Palenque:

Monumento celebérrimo universalmente conocido es la Cruz de Palenque. Procede de la ciudad de civilización maya designada con ese nombre, en el actual Estado de Chiapas, ocho kilómetros al oeste del pueblo moderno de Santo Domingo de Palenque. Algunos pretenden que la antigua urbe se llamó Na-chan (Casa de los chanes), y que la gente de esa cultura se conocía por chanes, o sea serpientes. En cualquier caso, es cierto que tributaron culto muy especial al ofidio, divinizándolo y personificándolo.

La llamada “Cruz” ocupaba el santuario (similar al reproducido ahora en el Museo Nacional, aun cuando hecho de piedra) del templo puesto al norte de una de las plazas principales de Palenque. Sus costados este y oeste muestran otros dos adoratorios, con santuarios que adornan sendos tableros labrados en bajorrelieve, cómo aquel del Templo de la Cruz. Nómbraseles Tablero de la Cruz Enramada y Tablero del Templo del Sol; y se conservan en su posición original, a diferencia del que admiramos hoy en la ciudad de México, adonde Batres trajo dos de sus partes, mientras la tercera, indebidamente transportada a Washington por unos exploradores de arqueología, volvía finalmente al país, gracias a gestiones de don Justo Sierra, Zelia Nuttall y el ministro norteamericano de Estado, Elihu Root. Así se completó otra vez el famoso tríptico indígena, juntándose sus tres paneles de piedra (caliza semicristalina muy compacta), tal como los aborígenes originalmente los labraron. Sólo la porción céntrica se partió en los dos fragmentos que ahora vemos, cuando descuidadamente la transportaron a esta metrópoli.

El objeto tomado como cruz es árbol mítico, como también lo es el que adorna el tablero de la Cruz Enramada, en Palenque. Pero por quedar al norte el edificio a que pertenece (región alegórica del frío, la aridez y los muertos, en la mitología vernácula), tratase de un árbol sin follaje. Las ramas rematan en estilizadas cabezas de serpiente xiuhcóatl (animal de la renovación del fuego y del tiempo); y el tronco enraíza en una cabeza monstruosa, de mandíbulas descarnadas, símbolo de la Tierra devoradora y engendradora de la Vida. Sobre la extremidad superior del árbol (transformada en rostro divino) reposa una ave magnífica, con plumas y cola de quetzal, y cabeza fantástica semejante a la que los mayas relacionaron con uno de los dioses de la fertilidad y la abundancia: Ah Bolon Tzacab. Llama la atención que las fauces de una serpiente aparezcan articuladas al cuerpo del pájaro. La reunión de tales elementos (quetzal y serpiente, y dios de la vegetación) ostensiblemente engloban la alegoría de Gucumatz, dios de la serpiente de preciosas plumas, creador y dador de la abundancia y de la vida, según asienta el Popol Vuh.

Joyas espléndidas (riqueza, bienestar, prosperidad) penden por doquiera del árbol y del cuerpo del ave, en forma de cuentas de jade y otros objetos valiosos, los cuales rematan en cabezas serpentinas y en plumas finas (símbolo de la deidad convertida en el reverdeciente mundo, patria de los hombres).

Dos personajes dispuestos de perfilen línea purísima, que han dado justa fama al monumento, ofrecen su oblación a la divinidad, presentándole el mayor un simulacro o imagen de rostro semejante al del ave bienhechora. Místicamente, en las religiones semi-primitivas, debe ofrecerse lo mismo que se implora: en este caso feracidad, cosecha copiosa, pródiga vegetación. El atavío de los personajes es un dechado de arte. Sus diversas proporciones aluden tal vez a la clase teocrática y a la aristocracia gobernante. Descansa, el de la izquierda, sobre una cabeza de deidad con la cifra nueve (nombre de un dios, de un ciclo o de un piso del mundo); y el de la derecha sobre una faja que ciñe inferiormente los tableros, y que representa al firmamento. La ornamentan signos del Sol, la Luna, la estrella Venus, el día, la noche, y varios planetas o constelaciones.

Lateralmente, los tableros del monumento aparecen exornados por una serie de columnas glífícas, en el estilo maya clásico (qué algunos han llamado calculiforme), aquí en una de sus expresiones más perfectas. La serie comprende seis columnas principales a cada lado del árbol de la Vida, o sea doce en junto; y hay otro par, de menores proporciones, algo separadas de las que forman el cuerpo principal de la inscripción. Cada una de éstas comprende diecisiete símbolos, salvo las que encabezan el texto, a la izquierda del tríptico, que presentan sólo dieciséis. Practicase la lectura, según la norma usual, por pares de columnas y de izquierda a derecha.

El sentido de los glifos esencialmente es calendárico o de cronología, astronómico y matemático. A la fecha están leídas alrededor de una treintena de fechas; se han interpretado signos que aluden a la luna y a la lunación (estableciendo la edad del satélite, en ciertos momentos) y a la forma de agrupar las lunaciones; y se percibe el propósito de cifras que expresan períodos o intervalos de tiempo, varias de las cuales representan cálculos para enseñar aniversarios en el año trópico, de datas del calendario civil, lo que implica tentativas de corrección de este último, fundadas naturalmente en la fórmula del valor del año solar, alcanzada por los matemáticos de Palenque. Créese también que los tableros registran calculaciones en relación con el planeta Venus y otros cuerpos celestes.

La inscripción se singulariza extraordinariamente en el conjunto del Corpus Inscriptionum Mayarum (salvo otro monumento existente en Quiriguá), por ser la única en que la fecha puesta en primer término (grupo al que los especialistas llaman Serie Inicial) no se encuentra calculada desde el punto Era de la cronología maya, sino que registra un momento anterior (en este caso, situado 2.440 días antes). Tal data, conforme el sistema de que se trata, se designa con la expresión 8 Ahau, 18 Tzec, fórmula que significa un día (Ahau), con el guarismo 8 situado en el mes que los mayas llamaron Tzec, y en el décimo-noveno de sus días. La diferencia de veinticuatro horas obedece a que la concepción maya no fue, como entre nosotros, de tiempo corriente, sino de tiempo vencido.

2.440 días después de esa data llégase al ínstante-Era o punto de partida de la generalidad de las inscripciones cronológicas mayas, momento al que se designaba con la expresión 4 Ahau, 8 Cumku, que aparece también en el monumento. Dicha fecha no es real, no es contemporánea de los tableros. Representa sólo un comienzo mítico, y a la vez una base de calculación para establecer la corrección del calendario, en el curso de los prolongados períodos de tiempo que median entre dicha Era y los años en que verdaderamente florecía la urbe palencana. Es claro que tal corrección debía estimarse a favor de una fórmula de la duración del año trópico, concebida por ese pueblo. Conforme al calendario moderno (gregoriano), la posición de ese punto de partida de los mayas equivale al 15 de octubre del ano. 3,373 A. C. (aceptando la correlación llamada A — doctor Spinden), o bien 256 años y 160 días después (aceptando la llamada B, que sostienen Teeple y otros especialistas).

Los mayas designaban ese momento inicial con un conjunto de cifras que nosotros declararíamos como 13.0. 0.0.0 (4 Ahau, 8 Cumku) o bien 0.0.0.0 (4 Ahau, 8 Cumku), porque el 13 y el 0, en cierto modo se equivalen en esa concepción. Cada uno de los elementos de tales series denota un período de tiempo, que llamaban baktun, katún, tun, uinal y kin, con valores respectivos de 144.000, 7.200, 360, 20 y 1 día.

Las datas verdaderamente contemporáneas del florecimiento de Palenque figuran también en la inscripción, representando etapas situadas miles de años adelante. Entre las principales se encuentran: 9.9.15.9.0, 9.9.16.0.0. y 9.9.10.0.0. Al fin del monumento se declara la fecha 9.12.18.5.16, 2 Cib, 14 Mol, época probable en que la llamada Cruz de Palenque se esculpía. Equivale a un 23 de septiembre del año 430 d. C. (correlación A) o cerca de 260 años después (correlación B) 3, que es la que acepto y sostengo. Admitiendo la primera posibilidad, ofrece cierto interés la circunstancia de que resulta momento de equinoccio el instante que los mayas eligieron para grabar esta magnífica lápida.


1Linda Schele2. Linda Schele
(EE. UU., 1942 -1998)

Epigrafista e iconografista de la cultura maya. Contribuyó al desciframiento de la escritura maya.

 

2. Enrique Juan Palacios Mendoza
(México, 1881 -1953)

Literato, historiador y arqueólogo. Profesor de la UNAM. Jefe de arqueólogos de la Dirección de Monumentos Prehispánicos en la Secretaría de Educación.

 

3. 21 de julio de 690 d. C.