Francisco de Argañaraz

 
 
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Francisco de Argañaraz

España

1561 ~ 1605

Extracto de su biografía publicada por un descendiente en http://www.genealogiafamiliar.net:

Francisco de Argañaraz y Murguía nació en Amézqueta (España) hacia 1561.

Joven, cruzó el Atlántico, para desembocar en las costas del Caribe, luego se dirigió al “Reyno del Pirú”, y, tras breve estadía en “Los Reyes” (Lima), corrióse a Potosí, donde Juan Ramírez de Velasco, flamante Gobernador destinado para el Tucumán, reclutaba la gente que iba a acompañarlo a Santiago del Estero, población principal y sede gubernativa de la provincia a su mando.

Ramírez de Velasco rompió la marcha el 5-V-1586, al frente de 45 soldados, 32 personas de su casa y 100 indios auxiliares. El propio Gobernador le escribiría al Rey (l0-XII-1586) ya instalado en Santiago del Estero; “Traxe conmigo siete o ocho cavalleros conocidos, como son Pablo de Guzmán, hijo de Luis de Guzmán, Gobernador que fue de Popayán, con su mujer e hijos; e don Fernando de Toledo Pimentel, sobrino de don Francisco de Toledo e don Yñigo Ramírez, mi sobrino; e a don Francisco de Argañaraz; e a tres hijos míos, con otros hidalgos muy onrrados”.

A los seis meses escasos de haber llegado a destino, el Capitán Argañaraz forma parte del Cabildo santiagueño, cuya corporación, el 4-II-1587, pide al Rey, en nombre de los vecinos de la ciudad, que el puerto de Buenos Aires quedase sujeto a la gobernación del Tucumán, y no a la del Río de la Plata.

Al año siguiente, Francisco de Argañaraz y Murguía acompaña al Gobernador Ramírez de Velasco en su jornada al valle Calchaquí. Previa escala en Salta, la expedición compuesta por 95 soldados españoles, 800 caballos y 400 indios amigos, salió de dicha ciudad el 12 de marzo. Y después de recorrer durante 50 días 35 leguas a lo largo de escarpadas montañas, sofocando rebeldías y poniendo en paz a las tribus de Chicoana hasta Quiri Quiri, incluidos los indios tolombones y pulares, Ramírez de Velasco tornó a Santiago del Estero, pero dejó parte de su tropa en la guarnición de Salta, para proseguir las correrías en el distrito.

En tales correrías intervino Argañaraz, y en su Probanza de méritos y servicios el testigo Bartolomé Naharro consigna que aquel “sirvió en conquistar ... los indios omaguacas, pomamarcas, ocloyas y churumatas e zapanatas, lules e otras muchas naciones que estaban alteradas contra el rreal servicio”. Otro testigo Juan Rodríguez declaró que Argañaraz acudió en esas “ocasiones de guerra, con suerte e lustre de su persona, como caballero y hombre noble, sin rrehusar en cosa alguna el peligro de guerra”. A su vez Pérez Morillo testifica que nuestro hombre acudió a “rrenquentros e guagabaras de yndios ... con mucho honor y cuydado y gran balor, e que a todas las ocasiones de la dicha guerra se anticipaba de los primeros, ymitando en esto a su padre y abuelos”. Y Juan de Chaves le vio “de los primeros en acudir a la boz del servicio ... con sus armas e cavallos, munisción y bastimento, sin ayuda alguna, con sus criados y amigos, sustentándolo todo a su costa y minsión e rrepartiendo con ellos de todas las cosas que heran necesarias para la guerra ... imitando ... a los que sus padres y antepasados hizieron en servicio de su Magestad”. En mérito de todo ello, el Gobernador Ramírez de Velasco agració a Argañaraz con la encomienda santiagueña de “Guaypete” por tres vidas.

Por esas fechas, en Santiago del Estero se casó con Bernardina Mexía.

En 1590 y en distintas oportunidades Francisco de Argañaraz integró el Cabildo santiagueño.

Una de las miras de gran importancia que abrigaba el Gobernador Ramírez de Velasco para el Tucumán, era poblar el valle de Jujuy. Dicho paraje rodeado de imponentes montañas y humedecido por dos cursos de agua — los ríos Grande y Sivi Sivi — constituye, sin duda, la puerta de la quebrada de Humahuaca — angosto y obligado pasadizo de más de 35 leguas de largo, ceñido entre cordilleras paralelas que encauzan en toda su extensión al río Grande — trayecto entonces necesario, estratégico, fundamental, de la ruta hacia el Perú.

De tal suerte, los españoles a efectos de contener a la indiada feroz, necesitaban erigir un centro de dominio en ese territorio, que hiciera menos riesgoso el tráfico por el camino del Tucumán al Perú. Así la población de Salta quedaría escalonada unas 15 leguas más arriba, con el emplazamiento que se proyectaba instalar en el valle jujeño; cuyo asiento, a su vez, distaría 60 leguas, más o menos, de San Bernardo de Tarija; desde donde recorríanse 50 leguas hasta Potosí, Imperial Villa a solo 12 de La Plata (Charcas).

Dos tentativas para establecer ese reducto en Jujuy habían fracasado; Nieva, fundada en 1562, y luego San Francisco de Álava, que se levantó en 1575; ambas — digamos “ciudades” — con pocos meses de existencia, ya que fueron arrasadas por los indios en 1563 y 1576, respectivamente. La causa del fracaso de Nieva y San Francisco, fue principalmente debida al alejamiento de la ciudad de otros centros de población. Pero al fundarse Salta por Lerma, y al consolidarla Ramírez de Velasco, ya era más viable el intento de mantener a 15 leguas al norte a la ciudad proyectada (Jujuy), sosteniéndola contra los ataques de los ocloyas, humahuacas, chiriguanáes, casabindos y cochinocas.

Argañaraz quedó a cargo de organizar la empresa pobladora. En Santiago del Estero “combocó los amigos” y, probablemente a principios de febrero de 1593, rompió la marcha hacia Talavera de Esteco y Salta, con menos de 40 españoles voluntarios — que se aumentaron en las ciudades de su tránsito —, provisto de recursos de boca y guerra y del obligado contingente de indios auxiliares; sin olvidar la faz espiritual del asunto; personificada en el Capellán de la expedición, el Padre Juan Ponte, rector de la Compañía de Jesús en el Tucumán.

El 29 de marzo, en la plaza pública de Salta, por voz del indio Rodrigo y ante muchas personas, Argañaraz hizo “apregonar” la misión que le había confiado el Gobernador Velasco. Entre los oyentes congregados estaban el Capitán Juan Pedrero de Trejo, el Alcalde Rodrigo Morillo, los conquistadores Aparicio Iniesta, Francisco de Benavente y Pedro Godoy, amén del Escribano Pedro Hernández que labró el acta respectiva. También allí nuestro Capitán General acrecentó su hueste y “bastimentos e pertrechos de guerra y armas e cavallos, bueyes e carretas, que para ella avía comprado a su costa, e otras muchas cosas ... comprándolo todo a excesivos prescios de la ciudad de Salta”.

El 19 de abril de 1593, “día siguiente al último de Semana Santa”, Francisco de Argañaraz y Murguía funda la ciudad de San Salvador de Jujuy, “entre el río que llaman Xivexive y el río Grande que viene de la quebrada que dicen de los Reyes ... en presencia de todo el Campo que trae de vecinos y soldados para la dicha población ... en el sitio más cómodo y conveniente para asentar y poblar ... así por la mucha abundancia de tierra fértiles para estancias y sementeras y pastos, viñas y huertas de recreación, como para estar entre los dichos dos ríos, donde se pueden sacar muchas acequias, y hacer molinos y prometer otras muchas y buenas esperanzas. Por tanto — sigue el acta respectiva — su merced el dicho Capitán don Francisco de Argañaraz, conformándose con el parecer de todos, mandó hacer y se hizo un rollo en este dicho asiento ... y señaló que fuese plaza pública de esta dicha Ciudad ... que hoy en día en adelante para siempre jamás se nombre y llame ... San Salvador de Velasco, en el valle de Jujuy ... y echó tajos y reveses, y dijo en voz alta si había alguna persona que contradijese el dicho asiento y jurisdicción; y no hubo contradicción en persona alguna ... y así en esta forma quedó fijado el dicho árbol de justicia y tomada dicha posesión. Todo lo cual ... se leyó y apregonó públicamente, en altas e inteligibles voces, por voz de Juan Quichoa, ladino; y en señal de la dicha posesión, en nombre de Su Magestad, se dispararon arcabuces y otros regocijos que se hacen en casos semejantes, subiendo mucha gente a caballo para el dicho efecto”.

Seguidamente son designados los miembros del Cabildo; los Alcaldes, Pedro de Godoy y Lorenzo de Herrera; los Regidores, Juan de Segura (asimismo Alguacil Mayor), Miguel García de Valverde (también Alférez Real), Francisco Falcón y Marco Antonio; el Procurador General, Francisco de Benavente y el Mayordomo Juan Núñez Galván; y desde luego el Escribano capitular Rodrigo Pereyra. Y ante la flamante corporación, Argañaraz presta juramento como Teniente de Gobernador y Justicia Mayor, y recibe la vara simbólica del cargo. Después, el Caudillo reparte solares y cuadras a los vecinos y soldados, reservando para sí, “como para cuatro pobladores” (4 solares y 4 cuadras), y, “como un poblador”, a sus hijitos Francisco, María e Isabel — que frisarían entre los 4 y 1 años de edad — a quien adjudicó un solar y una cuadra a cada cual.

Cumplidos los repartimientos urbanos; levantado el “ramadón” para celebrar bajo techo el culto divino hasta que se edificase una Iglesia; promulgadas las ordenanzas reglamentarias del Cabildo y fijados los terrenos del ejido comunal; el Fundador procedió a ir otorgando mercedes rurales a sus compañeros de empresa; “guertas y otras heredades y árboles de recreación”, vale decir chacras para sementeras de maíz, trigo, zapallos y viñedos, y estancias para el pastoreo de vacas, ovejas, cabras y caballos.

En Jujuy, desde el primer momento, el problema del indio se mantenía latente; el recuerdo de Nieva y San Francisco de Álava obsesionaba a todos sus pobladores. A fines de 1593, el Padre jesuíta Gaspar de Monroy — nativo de Valladolid, que acababa de llegar al Tucumán desde el Perú — solicitó la misión de evangelizar a los infieles de aquella precordillera jujeña. Secundado por Pedro de Añasco, otro religioso de su Compañía, armados ambos sacerdotes sólo de fe, esperanza y caridad, internáronse en las montañas; y después de superar serias dificultades, pudieron llegar a los dominios del cacique Viltipoco, jefe principal de los “omaguacas”.

Frente a Viltipoco, Gaspar de Monroy — “gran despreciador de peligros por la salvación de las almas”, al decir del jesuíta Guevara — lo aborda al cacique con palabras inflamadas de apostólico entusiasmo. Su escuchante — que nada entendería — no le demuestra al misionero más que arrogancia y desdén. Sin embargo, corrido cierto tiempo, parece que unos brindis de chicha, propuestos por el bárbaro y aceptados por el catequista, rompieron la desconfianza de aquel. Lo evidente fue que las libaciones del brebaje (maíz y algarrobo mascados por las viejas de la tribu, que luego escupían en una vasija con agua fermentada), lograron que los padres Monroy y Añasco añascaran poco a poco las simpatías de sus anfitriones, pudiendo, en consecuencia, bautizar como a 600 infieles (Viltipoco inclusive, que adoptó el nombre de Diego), y bendecir 200 matrimonios; provocando, de añadidura, las efusiones de aquella chicha, el ajuste de un pacto de no agresión, que Monroy a nombre de los cristianos blancos selló con el hasta entonces reticente Viltipoco.

Esta venturanza apenas duraría un año. Alejados los jesuitas de la región humahuaqueña, los nativos al mando de Viltipocoscomenzaron a tramar un asalto en gran escala contra los reductos tucumanos de Jujuy, Salta, San Miguel de Tucumán, Madrid de las Juntas (o Talavera de Esteco) y La Rioja. Con tal propósito, Viltipoco fue convocando a omaguacas, purmamarcas, diaguitas, lules, churumatas, apanatas y otras parcialidades montañesas, con el designio de arrasar dichos cinco enclaves españoles, y producir, por el terror, el desbande de los pobladores sobrevivientes del desastre.

En Jujuy, a todo esto, Francisco de Argañaraz — acabado de regresar de una corta visita a Santiago del Estero y a San Miguel de Tucumán — estaba sobre aviso de la hecatombe que se preparaba, gracias a la advertencia de unos indios amigos. Corría el mes de marzo de 1594, y en las montañas Viltipoco ya había concentrado alrededor de 10.000 guerreros para dar el golpe, y caer por sorpresa sobre Jujuy y demás asientos civilizados.

Argañaraz decide tomar la iniciativa, en la noche del sábado 21 de marzo, escoge 25 soldados de los que considera más valientes, para salir con ellos al amanecer a apoderarse de Viltipoco. Pedro Díaz de Herrera, participante en la empresa, nos la cuenta con estas palabras; “Este testigo fue en compañía del dicho Capitán don Francisco de Argañaraz a la ciudad de Santiago del Estero ... donde le vino la nueva como el capitán general de los yndios de guerra enemigos, que era don Diego Viltipoco ... avía hecho junta e llamamiento de general a todos los capitanes e caciques de la dicha cordillera, que son más de diez mili yndios de guerra todos, y muy belicosos, como diaguitas, chichas, omaguacas, churumatas, lules y apanatas y otras muchas naciones que hay en la dicha provincia y cordillera ... y era tanta la fama de el dicho capitán Viltipoco, que hasta los yndios de Chile le respetaban y embiavan presentes. Por la pujanza de gente que thenía, se atrevió a querer despoblar y matar a los pueblos y ciudades de Salta y Jujuy y la villa de Madrid y la ciudad de Rioja, que eran cinco (con San Miguel de Tucumán). Viltipoco hizo grande parlamento a los demás capitanes e yndios e caciques, y en rresolción quedó determinado de que, para cierto día señalado, avían de dar en los dicho cinco pueblos a tal ora, y avían de matar los españoles ... lo cuál vino a noticia del Capitán don Francisco de Argañaraz, en el pueblo de San Miguel de Tucumán ... y fue a la ziudad del Señor San Salvador a la ligera ... e apercibió a todos los soldados para quando los llamase ... sin dezir donde avía de yr, y lo que avía de hazer. Así todos los soldados se previnieron e apercibieron ... y al cavo de veinte e uno o veinte e dos días, que era savado a media noche, tuvo nueva e noticia que el dicho Viltipoco estava en el valle cogiendo comida, para en acabando de cojer hacer el daño, estragos y muertes”.

La columna “caminando todo aquel día y la noche, y llegaron a media noche a un baile e quebrada llamada Poromamarca, donde el dicho Viltipoco estava con cinquenta o sesenta yndios cojiendo comidas ... y en los caminos thenían puestos grandes centinelas y espías”. Los españoles diéronse buena maña, y sin ser sentidos “llegaron al dicho asiento donde (los indios) estavan, e los hallaron bien descuidados y dormidos ... cercaron las casas e pueblo ... y entraron donde estaba Viltipoco e sus capitanes e su gente, que estavan juntos, e los prendieron luego a todos, y así presos, dentro de dos oras, la mesma noche, salieron con los dichos presos e los llevaron al dicho valle de Jujui”.

“Prendí a Biltipoco — afirmó Argañaraz en un escrito destinado a la Audiencia de Charcas —, principal tirano de los naturales y a todos sus capitanes, con cuya prisión y muerte está llana (la tierra) y los caminos seguros, porque los dichos yndios rresiven el sancto baptismo y doctrina xptiana y obedecen los mandamientos de buestra rreal justicia”.

Preso Viltipoco, el padre Monroy volvió a catequizarlo. Ello parece verosímil, ya que el curaca recibió toda clase de consideraciones, y “don Francisco de Argañaraz e doña Bernardina Mexia, su mujer — cuenta el soldado Díaz Herrera — le regalaban muy cumplidamente, e cada día le visitaban e llevavan todos los rregalos que podían”. Lo cierto es que Viltipoco fue trasladado a Santiago del Estero, donde falleció, años más tarde.

Como secuela de la fracasada insurrección indígena, el cacique “Laisa”, que tenía movilizados a los indios churumates de la encomienda del conquistador Juan Rodríguez Salazar, se retiró con 300 de aquellos al bosque chaqueño, guarida de los chiriguanos, para en alianza con estos, lanzarse sobre Jujuy. Entonces Argañaraz, con su habitual presteza, “porque no subcediese algún escándalo y alboroto, fue con su gente (20 hombres) en pos de los dichos yndios, e los alcançó treinta leguas dentro de la tierra de los yndios chiriguanaes, en una parte muy peligrosa, donde prendió a dicho cacique y a los yndios, e los entregó a este testigo, como encomendero” (al declarante Juan Rodríguez Salazar).

También Argañaraz “saliendo a correr la tierra encontró un pueblo de yndios que estaba alçado y a espaldas de los yndios que llaman Casavindo, y con solo cinco hombres que llevó, rrindió a los yndios, que éste fue un hecho de grande valor”. Seguidamente entregó los salvajes prisioneros al cura de Casabindo y Cochinoca para que los adoctrinase. Proyectaba, asimismo “hazer la conquista de unos yndios de guerra e ynfieles (en la región) llamada Chacogualamba, que está a las espaldas de la cordillera de Jujui, gente muy belicosa”; los chiriguanos, sin duda; pero no obtuvo la licencia.

Entretanto Ramírez de Velasco había terminado su mandato y un nuevo Gobernador, Hernando de Zarate, hacíase cargo de la provincia del Tucumán. El flamante mandatario, ante los peligrosos acontecimientos que se sucedían en Jujuy, amenazada por los indios comarcanos alzados, envió a dicha ciudad al Alguacil Mayor Alonso Díaz Ortiz, a fin de que lo informara sobre si la población jujeña contaba con los elementos necesarios para defenderse, poder subsistir y garantizar la vida de sus vecinos.

Díaz Ortiz llegó a Jujuy en compañía del Escribano de la gobernación de Salta, del conquistador Sancho Pérez Morillo y de “otros quatro o sinco soldados”. Pérez Morillo comunicó que ellos habían venido al asiento jujeño “para que viesen la dicha poblazón e mirasen el peligro en que estavan e qué rresguardo thenían y si podían permanecer en ella o no”, sus pobladores. Díaz Ortiz y demás compañeros de inspección, “hizieron lista de la gente que avía, armas e cavallos e bastimentos e municiones”, y llegaron a la conclusión que “está la dicha ciudad muy bien poblada y en parte cómoda, y los soldados bien aderezados de armas y cavallos que les dava el dicho don Francisco de Argañaras, sin ayuda ni socorro de nadie, y que thenía especial cuidado en el rresguardo de la dicha ciudad, y que toda su felicidad está en mirar que los enemigos no viniesen a hazer los daños pasados, rrecorriendo de hordinario el campo, e estavan fortificados muy bien ... los soldados contentos e bien aderezados, y el dicho Capitán don Francisco de Argañaras ser, como es, tan valeroso Capitán y sagaz en las cosas de la guerra y milizia"

Firmemente asentada San Salvador de Jujuy; contenidos los indios levantiscos que pretendían su destrucción; arraigados sus primeros pobladores, que disfrutaban las mercedes territoriales repartidas por Argañaraz, y como vecinos ejercían el gobierno lugareño desde el Cabildo; se entabló un pleito por la jefatura realizada por el hijo de Pedro de Zárate (Ochoa de Zárate), que había fundado "San Francisco de Álava", por el cual el virrey Toledo había otorgado el derecho de gobierno vitalicio para Zarate y sus herederos, extendiendo el privilegio a otras mercedes y encomiendas.

Arrasada la fundación zaratina por los indios dieciocho años más tarde, en el mismo valle de Jujuy, Francisco de Argañaraz y Murguía levantó a “San Salvador de Velasco”. El pleito finaliza con la ocupación del cargo con un hombre de confianza de Argañaraz: Pedro de Godoy. Casi medio siglo más tarde, el hijo de Ochoa, Pedro Ortiz de Zarate, tomó por esposa a Petronila de Ibarra Argañaraz, bisnieta de don Francisco. De tal suerte, mediante ese pacto de sangre, quedaron vinculadas las estirpes de los fundadores de “San Francisco de Álava” y de “San Salvador de Velasco”, en el valle de Jujuy.

Francisco de Argañaraz epilogó su vida entre 1602 y antes del 26 de abril de 1606, fecha en que su viuda Bernardina Mexía Mirabal tramitaba la tutela de sus hijos menores, ante el Justicia Mayor de la Villa de Potosí, Alonso de Santana.